Hay cocinas de cocinas…

Imagen de Daniel Romero.

Cachivaches abundan en el más pisado lugar de la casa, donde la trapeadora sale más sucia, donde los trapos se tiñen rápido, donde la mosca prefiere esperar: la cocina.

Ya escucho las quejas: En mi casa no hay moscas. Casi no entro a la cocina. Qué pena pero mis trapos son impecables. Entre otras voces de protesta. No lo tomen a mal, es quizá, la recopilación que mi lenguaje hace de la experiencia pasada de cualquier casa y que comparto en estas líneas.

A mi la cocina me encanta: poyo amplio, trapo disponible, orden, especias naturales, pimienta para moler, buen cuchillo. Pero no siempre las cosas son como se sueñan. Cocinas hay con pocillo de peltre roto, cedazo remendado, olla a presión (atómica o pitadora) sin mango, cuchillo sin filo cuyo único encargo es partir la panela dura.

Cocinas hay con fogón de leña, que algunos tildan de cancerígena. Negras de humo, con garabato para colgar el racimo o curar el chorizo. Con parrilla hecha a mano para las asar las arepas, con valde abajo para echar la basura y recojer la ‘aguamasa’ pa’ los marranos.

Cocinas de lujo existen, impecables, inhabitadas, sin sabor, sin olor, con exceso de enlatados, con alimento artificial, nevera de marca y gas purificado. Cocinas sosas, donde nada se inventa, nada se revuelve, ningún humo se pasea.

Esa rubia cincuentona – ¡Barbie Snobista!

Este racimo de bellas rubias, de componente plástico, de modales congelados; goza de su primera jubilación en la calle Alhambra, zona de Guayaquil donde venden cachivaches de segunda.

Ellas, acostumbradas a despampanantes vestuarios de seda, a posar en bellos carros de juguete y a ser peinadas cada día; desfilan de modo quieto, en un puesto ambulante donde venden carajadas usadas, desbaratadas o malas.

Ellas, las Barbies, acostumbradas a mezclarse solo entre ellas, que no permiten el roce con muñecas sin abolengos ni marcas, les tocó esta vez untarse de pueblo ajeno y barato, untarse de marcas criollas y pelambres variopintos.

Hoy les tocó aceptar amistad con barbis de falsa monta, con muñecas de ojo picho y “que ni me pongan al lado una de esas de trapo” murmura una de ellas.

Esas son las barbis de Alhambra. Humilladas y sentenciadas al sudor de sus pares, sin marca. Destinadas a mostrar la decadencia de su propio consumismo. Vanidosas, creídas y todo lo que eso conlleva, y aún así fueron olvidadas.

¡Barbis esnobistas! – Yo prefiero las de trapo / Pero debo reconocer le poder que tienen y cómo tienen a grandes diseñadores, tejiendo para ella.