El retorno del hombre rico al campo

El hombre era dueño del feudo y aparcó su presencia en las murallas de las incipientes ciudades. Se enriqueció y quiso más, amasó fortunas y después de otras vueltas llamó al capitalismo para aumentar riqueza y ganar en poder.

Una vez rico, el hombre habitó la urbe e hizo sus propios barrios. Discriminó de entre la población, a pobres y a ricos, es decir, a sí mismos; al pobre lo mandó a fundar cordones de miseria y al rico invitó a los mejores puestos en las graderías de la metrópoli.

Rico y poderoso, el hombre habitó grandes mansiones, con minimalismos o maximalismos, según el gusto. Olvidose de los señores del campo y sus cultivos, olvidose del olor de la tierra en la mañana cuando se baña de rocío.

Hizo, pues, el hombre, fincas de recreo en las afueras de la ciudad, compró tierras y se hizo a latifundio en algunos casos. Quizo imitar al hombre del campo y sembró para sí, árboles frutales, verdes leguminosas, se hizo a cebollas juncas, plataneras y cafetos. Buscó la tierra y sembró.

Simuló, el poderoso, ser campesino y labró la tierra, desyerbó, sembró y regó, buscó maleza, dejó libre al mojojoy y devolvió respetuosamente a la lombriz de tierra. Vio el hombre, el hombre rico, que ser campesino era bueno e invitó a la finca, a compañeros y amigos, a familiares y lejanos, y les dio a cada uno del fruto de su labranza, los mandó con racimos y naranjas, con panela, con bonanza y se sintió orgulloso de volver atrás, de evolucionar al principio mismo de la labor del hombre: caza, recolección y pesca.

Terminado el fin de semana, llegar de lunes, el hombre fue rico otra vez, capitalista y dueño de feudo o de gran terreno, latifundista, comprador del producto del hombre de campo. Consumidor. Habitante de barrio bueno, visitante no de parque, sí de centro comercial. Ajeno.

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Con coros de alabanza se alimentan algunos

Por qué no están rascando la tierra con sus negras uñas que rescatan papas de la tierra, por qué las matas de cebolla no volvieron a pelechar. Se secó el papayo que crecía atrás, en el solar, donde la vieja Araminta botaba las cáscaras de plátano y el afrecho del maíz.

Por qué los marranos cogieron camino al monte, vestidos de costillas como perros ambulantes. La gallina no volvió a trepar el limón porque seco está y su sombra se extinguió. Ya no huele a leña que olía tan bueno, que me hacía sentir de verdad en el campo, que me daba la bienvenida y la despedida con su fragancia inserta en mis ropas.

Ya no se monta la olla cuando llega la visita de la ciudad, ya no se pone a secar la carne y a madurar los bananos en el garabato encima del fogón de leña donde siempre humea una aguapanela. La máquina de moler entró en sindicato y en paro definitivo después.

Ya pocos quedan en el campo desde 1948. Y la ciudad nunca será su territorio. POr eso hacen de su barrio una cantina y de sus tiendas, mercado de pueblo. Imagen de una familia, cantando coros pentecostales para el sostenimiento de la misma. Carabobo.