Gabriel Ángel Serna, 55 años perdido en el tiempo

Llegué a las once y siete o por lo menos eso creí hasta que entré a uno de los pequeños locales del Centro Comercial Medellín. Primero me encontré con su gastado rostro, plegado por los años -que hacen lo suyo-, luego me asomé, miré, y no aguanté la tentación de saludar, como hago siempre antes de tomar una foto, o antes de pedir permiso para tomarla.

Les decía que eran las once y siete, pero como una asíntota en el tiempo, todos los meridianos de la tierra pasaban por el pequeño local de Gabriel Ángel Serna. En cada girar de mi cabeza buscando una foto sin tomar aún, una hora distinta aparecía ante mis ojos y ante mi cámara que no sabe de husos horarios: once dieciocho, once veinte, y me quedé allí, hablando con este relojero con 55 años de experiencia y capturado por el encanto de su pequeño territorio laboral.

Don Gabriel, abre cada mañana, su local en el Centro Comercial Medellín, contiguo a la Plaza Minorista de Medellín, para sentarse ante ¿centenas, miles? de piezas, repuestos, bobinas, pulsos y demás maquinaria que le sirve de inventario para arreglar cualquier relojito que le lleven.

Bajo el cristal de otra mica son las cuatro y tres, y así se quedará porque ese reloj ya no tiene remedio. Un Citizen análogo y digital me dice que son las diez y 31, pero hasta esta altura me es difícil creer en la verdadera hora que Colombia ha decidido convenir.

“Ocho y 38” y don Gabriel me comparte detalles de su vida como relojero: aprendí mi oficio por correspondencia a través de un curso de relojería que duraba dos años y que entregaba diploma inclusive. Era el instituto, Nacional, el que impartía los cursos y hacía examen al finalizar. Los fascímil para inscribirse, venían en el periódico El Heraldo y eso me permitió estudiar algo para defenderme en la vida, y ya ve, ahí voy…” “Trabajé nueve años en Barranquilla, en la Joyería Serrano, en Bogotá y aquí en Medellín en la Farmacia San Francisco, en la Prendería monte Verde y en el Centro Comercial llevo 15 años” comenta don Gabriel


Continúo tomando fotos y verificando horas: diez y uno, cuatro y treinta. No sabremos nunca si de la mañana o pasado el meridiano, pues los relojes los hicieron para marcar medios días. Un vendedor de mangos, magullados por cierto, se acerca al mostrador y me vende tres –blanditos- en mil pesos –para jugo están bien- y se queda para ver mi entrevista y hablar de relojes con el experto. “En Barranquilla arreglé varios Rolex genuinos, aquí ya no me caen relojes finos”.

Me quedé admirado con otra sorpresa más de ese local, pero de esa no les comentaré nada -es un tesoro que no quiero compartir si me disculpan el egoísmo-, me quedé tomando fotos, buscando la luz pues no me gustan ni los trípodes, ni las luces falsas, aunque algún flash me tocó sacar. Don Gabriel es uno de esos viejos buena gente, amable entre Jawuacos colgados, falsos unos, cercanos otros. Entre piñones y bobinas, entre pilas y alambritos, entre risas y tres mangos por mil.

No coma cuento, coma chicharrón

  • Los cerdos no tienen la culpa de los experimentos genéticos.
  • Del cerdo, muchas órganos sirven a la medicina del hombre.
  • De sus representaciones en polímeros, hacemos ahorros infantiles -se recomienda no practicarle cesárea antes de tiempo-
  • Del cerdo, los antioqueños comemos uno de los mejores binomios alimenticios: arepa con chicharrón.
  • Del cerdo y su menudo, creamos populares y grasientos platos: morcilla, chunchurria, buche. Dulce de pata, gelatinas.

Este animal es quien mantiene al colombiano, unido a su pasado politeísta, donde se sacrificaban animales a los dioses, en combinación con el fuego. En los últimos días de cada año, y como un ritual escatológico, cientos de cerdos son sacrificados y el humo del sacrificio, ascendido a los cielos como ofrenda fragante a los paganos dioses. No sin antes, realizar un jolgorio de burlas y parlanchinas fiestas. ¡Pobres marranos!

Imagen tomada en el Centro Comercial Medellín, contiguo a la Plaza Minorista.