Matame una albóndiga Pinocho

Acabemos la paseadera por algunos días y volvamos a esta urbe que se acuesta temprano y demos un descanso a otros municipios que esperan por salir, y que saldrán tarde o temprano.

No todo comensal come en restaurante de tres tenedores, es más, solo algunos lo hacen allí, muy pocos la verdad. El resto del pueblo tiene variadas opciones de acceder al alimento diario, o a los tres golpes mínimos que manda una ley natural no sé de donde.

Comen unos en sus cocas, vasijas plásticas llenas de comida preparadas en la víspera. Sudao, carne frita, arroz atollao, papa sudada, ensalada sencilla, papas fritas, jugo de sobremesa y algún dulcesito.

Comen otros en restaurantes cercanos llamados ejecutivos, condimentados platos de cremas y recetas especiales, jugos cuasi trasparentes con sabores casi perdidos. Terminamos rápido porque están pidiendo la mesa. Hacemos la mímica entonces con la mano, como quien firma un documento en el aire, y así pedimos la cuenta, sin propinas porque eso es de diario.

Afortunados algunos, suben hasta la casa. Allí los espera ella o la otra o la querida o la de la cocina, con los platos naturales hechos en casa, jugos generosos – Yoli, servime más juguito por favor – ¡Ya voy señor!

Otros ni almuerzan, cualquier preparito como si fueran onces, masticando frente al computador y contestando llamadas de medio día. Son los que viven estresados irrespetando su cuerpo, metiendo solo pan y gaseosa -Es questoy muy llena- dice ella.

Y así, hay pa todo. Pa los que compran en el centro todo a 200 o el palto en mil: 200 de arroz, 200 de fríjoles, 200 de carne -empella o lagarto- 200 el jugo, 200 de maduro.