El retorno del hombre al fuego

Dominó el hombre al fuego y el poder fue sobre sus llamas. Asó, pues, cuando quiso, el producto de su caza, animales voladores, rastreros y caminantes, los cocinó, los hizo blandos y agradables al paladar. Llegó luego la sal y todo fue mejor. Las especias después y voilá, la cena estaba servida.

Hizo luego el hombre estufas y fogones, los hizo de petróleo, de gas, de calórica energía en resistencias rojas. Más tarde aprendió a comer suchis y consideró bajo, meterle muela a la morcilla, a la chunchurria y demás menudo.

La palabrería internacional se nos metió por naguas y calzoncillos y llegaron los bistés, Chartreuse de pavo, Paté de ternera y cerdo y muchos más. Creyó el hombre que había evolucionado al dejarse de rústicas costumbres.

Pero algo vacío permanecía en el inconciente del hombre. Reclamos le hacía la memoria, una memoria que luchaba por volver al origen, a la masa primigenia, a la pangea ardiente. Se hizo, pues, el hombre, dueño de domingos y festivos, de vísperas de año nuevo y teofanías en noches buenas y volvió al principio de las cosas.

Se hizo sus sancochos de hueso o trafásica substancia, se inventó asados para celebrar cumpleaños, asó masmelos en fogatas sin dueño. Invitó a comitivas donde todos ponen papas, hizo fuego con leña de nuevo. Y se rió, porque vio que todo era bueno. Y le metió cerveza, ron y guarito y se peleó el hombre por soplar la leña y avivar el fuego e invitó a natillas, hizo buñuelos y fritó empanadas.

Volvió a respirar el hombre, suspiró y se sintió prehistórico de nuevo, se acostó después de todo a descansar, porque vió que todo era bueno.

Imagen tomada por Juan Camilo Orrego Soto. Comuna 1 de Medellín.

Si me vas a dar morcilla, que no sea el obispo

Si vas a comer morcilla, ya lo había dicho antes, pegate la ida a Tejelo en pleno centro de Medellín, detrás del edificio viejo de EPM, andá donde la señora del dedo mocho que es la mejor y te da la prueba como aperitivo. Eso sí, pedí la delgadita que es la buena, no el obispo y que te eche algo de buche y pajarilla.

Si vas a comer carne, podés ir a Lovaina y sentarte donde encuentre puesto y sentarse a “jalar” carne, porque de cubiertos nada. Allí te dan arepa con quesito como pa que pasés el saborcito asado y diluís con gaseosa.

Si vas a comer sancocho de pescado, aunque no he ido, dicen que el mejor en Medellín se lo puede comer sudando, en la Plaza Minorista. Echale un limón bien bueno, acompañalo de un aguacate entero que allá hay de sobra en el segundo piso.

Si vas a comer chunchurria, la podés encontrar después de las siete de la noche en Junín con la Playa, Avenida Oriental con la Playa; pero te recomiendo mejor que la comprés en la plaza y si sos escrupuloso, lavás el tripitorio por dentro y fritalo vos mismo que te queden bien tostados. Limón y arepa acompañantes perfectos.

Si de arepa de chócolo se trata, tenés que pagar una carrerita a Buenos Aires cerca a la iglesia, porque en Arepas de la Primera, Segunda y Tercera Negra en la autopista Medellín Bogotá ya no venden nada. Pedí otro quesito más y lo pagás que no hay problema, lo bueno es tapizar la superficie de blanco manjar.

Si por chorizo vas, ahí si te tenés que pegar la ida a donde Doña Rosa en cualquiera de sus sedes, chocolate y una buena compañía que sepa conversar de cosas montañeras, porque allá no se va a mirar por encima del hombro, ni de plan esnobista.

Y para los que siguen alguna dieta, pues conmigo se fregaron porque no sé que son esas cosas; eso sí, de yerbitas para el hígado digame qué tiene, que a mi abuela le heredé tal conocimiento de aguas amargas que evito las pastillas para reemplazarlas por llantén, colecaballo, caléndula, menta, yerbabuena -pero de la buena- y un centenar más.

Imágenes tomadas en el parque principal de Girardota, Antioquia.

¿A cómo la chunchurria con arepa?

Ir al Pedrero en  Medellín, hoy Plaza de la “Luz”, era como un castigo por el pantanero al que eran sometidos mis tenis Atomik o quizá los Croydon. El caso es que hoy hablo como un viejo, diciendo… “Vea, a mi me tocó ir al Pedrero a mercar” así, con ese tono arriero que tenemos algunos.

 

Ya luego fue la Plaza Minorista. Museo del color es esta plaza que no cambio por otra. Allí seguía acompañando a mi abuela o a mi madre, para ser el cotero de ellas, con la recompensa de que cuando llegáramos a la zona de carnicerías, una libra chorriante de chunchurria me esperaba trenzada ella, colgada sobre el horizontal, como diría Jorge Eliécer Campuzano.

 

Ahí sí que cargaba el talego, cual loco que roba niños, con una moral más alta, porque en casa me esperaba el sartén que recibiría gustoso, esa libra de chunchurria, y un limón que esperaba llover sobre tal fritanga.

 

Y aunque algunos estremezcan el rostro con pucheros escrupulosos, hay otros que quisieran tan humilde vianda colombiana. Eso con limón y arepita tostada, ¡Hum! – De venta en la Avenida Oriental, en Junín y en la Avenida De Greiff… por la noche.

 

En la imagen: venta de chunchurria, papa criolla, buche, pincho y arepa e chócolo en El Peñol, Departamento de Antioquia. Celebración de los 30 años de la nueva cabecera municipal.

Oreja, buche y trompa peluda

Yo puedo parecer muy montañero y tal vez lo sea a mucho honor, pero yo perro frío si no. Hasta ahí llega la montañerada mía. A mi el perrito, que sea caliente y hecho a la vista. No por desconfianza, sino, pa que no se enfríe la salchicha.

 

Más bien déme una arepa e queso, desas que están asándose ahí. Y echale lecherita.

 

Ventas de fritanga en la celebración de los 30 años de la nueva cabecera municipal de El Peñol, municipio de Antioquia.