¡Qué tonto fui!

Según encuestas que he realizado a lo largo de mi vida, fui el único niño que cuando le avisaban que le iban a dar una pela (allá en Manrique), el muy querido niño, obediente y solitario, veía cómo sacaban el propio cinturón negro colgado de la puerta del chifonier, miraba paciente cómo se acercaba el verdugo materno y se quedaba de manera voluntaria a que le pegaran… Suáquete, uno; suáquete, dos; suáquete, tres. Tres berriondas pelas me daba mamá o mi abuela por contestarle mal o por pirómano que fui.

Las encuestas me arrojaron datos, como que todos los niños se volaban, se escondían debajo de la cama o jugaban al gato y al ratón. Todos menos yo. Claro que yo salí bien librado. Mi primo Juancho de La Dorada, recibía las pelas de mi tía Petronila de la siguiente manera: empelota (desnudo pues), mojado con agua tirada de balde y con la berbena o cualquier otra ramita que hubiera a la mano.

¿Y a vos cómo te pegaban? contame… / Más cosas que me pasan…

Venta de cinturones en Maturín, bajos de la Línea B del Metro de Medellín.