Hay cocinas de cocinas…

Imagen de Daniel Romero.

Cachivaches abundan en el más pisado lugar de la casa, donde la trapeadora sale más sucia, donde los trapos se tiñen rápido, donde la mosca prefiere esperar: la cocina.

Ya escucho las quejas: En mi casa no hay moscas. Casi no entro a la cocina. Qué pena pero mis trapos son impecables. Entre otras voces de protesta. No lo tomen a mal, es quizá, la recopilación que mi lenguaje hace de la experiencia pasada de cualquier casa y que comparto en estas líneas.

A mi la cocina me encanta: poyo amplio, trapo disponible, orden, especias naturales, pimienta para moler, buen cuchillo. Pero no siempre las cosas son como se sueñan. Cocinas hay con pocillo de peltre roto, cedazo remendado, olla a presión (atómica o pitadora) sin mango, cuchillo sin filo cuyo único encargo es partir la panela dura.

Cocinas hay con fogón de leña, que algunos tildan de cancerígena. Negras de humo, con garabato para colgar el racimo o curar el chorizo. Con parrilla hecha a mano para las asar las arepas, con valde abajo para echar la basura y recojer la ‘aguamasa’ pa’ los marranos.

Cocinas de lujo existen, impecables, inhabitadas, sin sabor, sin olor, con exceso de enlatados, con alimento artificial, nevera de marca y gas purificado. Cocinas sosas, donde nada se inventa, nada se revuelve, ningún humo se pasea.