Fragancias matutinas

De las casas de la gente que trabaja salen fragancias matutinas que, al pasar del día, se convierten en olores un poco más gastados o, digámoslo de una vez, olores más bien curtidos. De la mañana de las casas salen tostados en el aire que nos llevan a imaginar una arepa de maíz que fue amasada a mano por una mano pecosa por el tiempo curtido de recuerdos; se asoman todo tipo de perfumes y fragancias: elegantes, unas; populares, otras. Unas, muy empalagosas y dicharacheras, como el vestido variopinto de quien las lleva; otras, son una pérdida de tiempo, y de plata, porque a los pocos segundos ya no se sienta nada. De otras casas, salen los perfumes del jabón de tocador que han bañado al trabajador que ya se alista. Salen los humos del chocolate llevando el aviso de que está caliente, y servido, y enfriándose también. Salen los polvos que empayasan sobacos y asustan a los pies, que ya parecen de muerto. Salen alientos de boca recién juagada; salen buches de un laberinto de gárgaras oliendo a juagatorios dentales.

De las casas de la gente que trabaja salen muchos olores. Prefiero los de la arepa que se va tostando lento en fogones de leña, y de las mieles que salen por el aire de una aguapanela recién hervida.