La intimidad de lo cotidiano

Íntimo y familiar es la cotidianidad que particulariza a cada hogar o que, cuando es común a muchas casas, nos hace semejantes en los muchos quehaceres:

  • Que la arepa se le queme a la que le estaba “poniendo cuidado”, es familiar y un error íntimo.
  • Que la cama quede destendida porque no nos quedó tiempo de hacerla, es familiar y no quisiéramos que los demás se enteraran de semejante descuido.
  • Que las camisetas blancas, en la zona que corresponde a las axilas esté rota o tenga la dureza producida por el desodorante, es algo íntimo y vergonzoso cuando otro lo descubre.
  • La cantidad de información que contiene la bolsa de la basura, es algo íntimamente familiar y no debería ser descubierto por los recicladores ni por nadie más, excepto, por el antropólogo que haga de ella su objeto de estudio. Aún así es una violación.
  • Que el papel higiénico se haya acabado en el momento en que el usuario lo necesitaba, es algo íntimo y familiar, cuyo auxilio debería pedirse en voz baja.

La ponchera de aluminio

Detenerse y hablar de lo que es cotidiano le parece raro algunos, pero cuando sean 50, 80 o 100, los años transcurridos, docentes, investigadores y analistas de carajadas se detendrán a pensar en el objeto que define al hombre y que habla de un estadio en el tiempo. Pasados tantos años, el objeto se antojará exquisito al análisis y es por ello que me apresuro a tomarle fotos a la vida común, corriente del estrato medio y bajo, donde abunda la recursividad y el diseño propio.

De la ponchera de aluminio, objeto casi en extinción, podemos enumerar múltiples usos, entre ellos, la utilidad para poner a remojar cucos, camisillas y demás ropa blanca, en agua con hipoclorito o límpido que algunos llaman. También tenía la capacidad de albergar al desnudo bebé en la hora del baño. Muy útil era para mezclar allí, el cemento que servía para alguna pequeña reforma.

Si la ponchera se dañaba o algún roto indeseable la adornaba, se parchaba con materiales propios para el oficio o se llevaba al cerrajero, quien le metía soldadura al asunto. Esta costumbre de parchar permaneció hasta los inicios del plástico, donde señoras cosían literalmente la rajadura con aguja capotera calentada al fuego para abrir los ‘puntos’ por donde pasaría el cáñamo que uniría las partes… ¡Doña Juana, le están hablando…!

¿Cómo era la ponchera de tu casa? ¿Qué hacían en ella? PARTICIPA…