“SOMOS DESPLASADOS POR LA VIOLENCIA” sic

Cesó el humo de la tostión de una arepa de mote, el poyo se debarató, los ladrillos, que soportaban la estufa de dos puestos, se llenaron de vegetación minúscula. Ya no habrán más piquetes para recibir a las visitas, el chorizo no se curará al calor de la parrilla encendida. No habrán más coladas en las tardes para el niño, que ya no es tan niño. Ya no cantará la matrona esas historias de la tradición oral: “…con ramos de flores lo vienen bajando…”. Ya no se sentirá la fragancia de la cebolla junca cortada en finas partes, ni el hogao secándose a fuego lento.

La matrona, el señor, el niño y el perro se fueron, desterrados en tierra de hermanos. No huyen, solo le corren a la muerte, acompañados de sus corotos: un costal de plástico con ropa arrugada que para el caso da igual, dos costales de fique con algunos plátanos, arroz, aceite y el resto de líchigo que pudieran tener, una gallina y un conejo; los tres cerdos se quedaron por dificultades en el arreo.

Llegaron a la ciudad, donde abunda la riqueza, donde se mueven los contratos jugosos, la “torta partida”, el guiño de ojo; donde abundan los servicios públicos, las casas revocadas, el ladrillo cocido, el cristal, el oro; donde abunda la verdura y hortaliza con precios cinco veces mayores a como vendía su cultivo allá en la tierra. Llegaron a la ciudad, buscaron sustento pasajero, acunaron maletas bajo el poste blanco y negro, escribieron letrero y esperaron el sustento. “SOMOS DESPLASADOS POR LA VIOLENSIA. NO TENEMOS DONDE DORMIR. AYUDENOS POR FABOR. DIOS SE LO A DE PAGAR”.

Foto: Sopetrán.

La Virgen de los Mutilados

Cargando sola al muchachito con rostro desconsolado, qué presente le espera a la pareja cuyo padre parece ausente; es la muerte que los separó como sentenció el sacerdote años atrás. La parca se apareció una mañana vestida de verdes que mimetizan y con fusil que aterroriza, entraron por las ventanas, abiertas en pura inocencia, y comenzaron a disparar.

Meses después, la tierra que gozaba de labrado diario, hostigada de sangre tibia dejó de producir, secó y su corazón era un puro terrón. Los pocos chiros que cabían en una bolsa fueron guardados y comenzó el exilio en tierra de hermanos. Ya no era la muerte, era la pobreza y el desconsuelo quienes visitaban a la pareja huérfana  que, corriendo sin mirar atrás, se dieron a la tarea de localizar un nuevo norte…

Esta representación trastocada de María y Jesús infante, refleja muy bien el cuadro real de cientos de “familias” en Colombia. Se me antoja llamarla Virgen de los Mutilados; la de sueños mutilados, la de sonrisas  ausentes, la de esperanzas largas, la de granitos de mostaza, la de los desprotegidos.  Cuando vi este yeso en Sopetrán, con ese rostro montañero, colombiano, rollizo y sencillo, pensé más en la familia colombiana que en religiosidad.