Nunca he escuchado a alguien decir que su abuela es muy fea

Nunca he escuchado a alguien decir que su abuela es muy fea. Nunca he visto a alguien criticando a su abuela, destacando su figura postrera, su estética final, su piel en relieve y los demás temas formales de la senetud.

Con esa misma mirada deberíamos percibir al otro, al fulano y a la mengana anónima que deambulan por calles y carreras. Con esa misma mirada deberíamos calificar las estéticas variopintas en esta villa de vida.

Deberíamos, depronto, tender a la imperfección corporal en busca de la singularidad, de la originalidad de nuestra propia estética. Es fascinante cuando veo a los que llaman FEOS y veo en ellos cantidad de particularidades que lo hacen único.

Más me encanta ver a la FEA que va con novio, porque significa, entonces, que para él, ella es bella y que ella superó su estética para verse ya por dentro y qu así la verá su compañero. Me encanta ver a la FEA con novio, porque significa que hay esperanza para ella por siempre, porque para alguien ella es bella.

Nadie me ha reconocido que su abuela es FEA, y no lo han reconocido porque jamás así ha sido. Las abuelas son bellas y nunca han envejecido a nuestros ojos, pues el alma, no envejece, no muta, siempre es bella en una estética intangible.

No sé… ojalá me hayan comprendido. Fotos tomadas en el parque de Jericó.

Un simple pedazo de ladrillo

Extracto tomado de Croniquillas y otros textos, Efe Gómez. Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, 1996 – Colección Narrativa Antioqueña. Capítulo: Cartas sobre Estética. Carta a Latorre y Ospina V.

El texto completo fue publicado en El Montañés, junio de 1899.

“…Tal vez tengas razón, pero una razón á su modo, razón de sabio. ¡Yo qué sé! Son tan candorosos los sabios. Mira: mi profesor de geología también era un sabio. Una vez le llevámos á clase un pedazo de ladrillo para que lo clasificara. El buen señor hizo de la muestra esa un largo examen al microscopio, al soplete luégo, enseguida por la vía húmeda, y, al cabo de los días, nos dijo que la tal roca era un silicato de aluminio fuertemente impregnado de hierro; mas que, sin duda por haber sufrido altas temperaturas y estar muy metamorfoseado y, además, por carecer de fósiles, no podía señalarnos el terreno á que perteneciera. Y á fe que tenía razón. Pero como te digo, razón de sabio. Y sin embargo toda la clase se desato en risas. Y con sobrado motivo: ¡qué silicato ni qué pan caliente! Eso no era para todo el mundo (excepto para un sabio) sino un pedazo de ladrillo. Y hasta de mal barro…

…¡Qué les parece! Que es poca tentación para cualquier pedazo de ladrillo burdo, el saber que puede ser llamado silicato de aluminio por los sabios…”

En la imagen: Lote en Moravia, perteneciente a las viviendas que han sido reubicadas.

Mi Polaroid imaginaria

Me llegó carta de una bloguera amiga que hace poco conocí personalmente. A parte del placer de conocerla, tuve el placer de recibir, como ya lo dije, un correo suyo donde me confesaba su pasión. Me pareció hermosa esta historia y muy evocadora, tanto, que les traje el texto para que no quede en secreto, semejante confesión.

Mi Polaroid Imaginaria. Por: Sara Cuartas Valencia (carta enviada a mi correo)

Siempre me ha gustado la fotografía pero técnicamente he tenido negaciones con las cámaras. Quisiera compartirle algunas de mis experiencias con el tema. Creo que en estos recuerdos puedo reafirmar que la imagen siempre será mi pasión pero opté abordarla desde lo literario.

Recuerdo que el primer contacto con la fotografía fue hace unos 19 años. Era una camarita que me enseñaron a construir en el colegio en clase de Estética. Era un juego de papiroflexia: triangulitos que al unir dos partes dejaban un pequeño hueco que hacía de visor y lente con el que se “capturaban” cuadros maravillosos que no podían ser vistos en ese instante sino por el “fotógrafo” y jamás materializados en un papel -al menos que se hiciera un dibujo inmediatamente-.

No había cómo revelar las imágenes que se veían al poner un ojo en el pequeño espacio mientras el otro hacía un guiño. Uno de mis mejores recuerdos fotográficos era mi madre tejiendo. “Registraba” todo lo que había en casa y a mis amigos de la cuadra; pero tuve una gran decepción con mi Polaroid imaginaria cuando a Mábel, mi vecina, le regalaron una camarita de pasta naranjada, rectangular y con un flash en la mitad. La cámara más poderosa que había visto.

Mabel era hija de un vendedor de repuestos de carros. Se decía que el dinero del padre de mi vecina, era de origen “caliente”; -me imaginaba billetes en llamas o saliendo de un horno como un pastelito-. La vecina tomaba fotos, pero ella obtenía las imágenes en papel, luego de ir con su madre a Foto Japón. Recuerdo que nos sentábamos todos los de la cuadra a vernos en las fotos.

Mi Polaroid imaginaria padecía del rechazo y la burla de muchos, no había nada por mostrar días siguientes a las tomas que había hecho con mis humildes triangulitos. Abandoné mi camarita de papel y en esa envidia terrenal por el rectángulo naranja de mi vecina no quise seguir haciendo fotos. Días después le dije a mi madre que quería una camarita de cumpleaños quien me respondió que para un próximo onomástico me la daría, entonces esperé ese día con ansiedad y cuando llegó, encontré una camarita, pequeña, de color naranja como la de Mabel, pero no tenía espacio para poner el rollo o disparar, era de JUGUETE.

Recuerdo mi tristeza ese día, y más cuando Mabel, que estaba invitada a la fiesta de mi séptimo cumpleaños, tomaba las fotos a mi fiesta y a mi cámara de juguete. Pensaba que la cámara era para adultos o niños con mucho dinero, como mi vecina.

La cámara que había en casa, se usaba en fechas especiales y nunca la pude manipular. Mi resignación fue tanta que me olvide de esa pasión. Cinco años después de ese cumpleaños, me regalaron una preciosa cámara, era mi objeto del deseo; no paraba de hacer fotos hasta que mi próxima decepción se hizo manifiesta: la espera por ver revelado en Oduperly, un rollo con 24 tomas que se me fueron en un instante. Frustración porque mis padres no tenían dinero para estos asuntos de la imagen y menos de manera permanente; pasaron meses antes de ver el resultado de mis tomas.

A mis 17 años, estando en grado 11, desempolvé el maravilloso regalo, y con las ventas que hacía de chocolatinas en el colegio compraba rollos y revelaba las fotografías en una hoja de contactos, -que me decía la señora de foto Japón, salía más barato y podía ver cuáles me gustaban para luego ampliarlas-. Muchas de las fotos que tomaba me parecían feas, aburridas, pero mis compañeras de colegio me encargaban una que otra. Tomaba fotos a todo evento y hacía historias con ellas, juntando las imágenes y los textos que leía o escribía en las tardes.

Cada día tenía menos dinero para comprar mecato en el recreo y mis ingresos por las ventas estaban destinados a comprar libros en la librería La Anticuaria o en la librería de la Universidad de Antioquia, a comprar rollos y a su revelado. Mis  gustos eran sencillos pero costosos para mi estado financiero. Dejé por completo la idea de seguir con la fotografía cuando le mostré las fotos que realizaba a un conocido que estudiaba Artes en la Universidad Nacional. Sus cometarios dejaron mi pequeña muestra fotográfica hecha pedazos, no creía que un estudiante de Artes tratara a un aficionado con semejantes palabras. La risa burlona de él hacia mi cámara fotográfica fue tanta, que me sentí como un mosco en la sopa más selecta y amarga. Hoy no olvido los comentarios del estudiante y de Mabel.

Desde luego que seguí tomando fotos y me aseguraba mucho de que mi camarita -que según el estudiante de Artes era para tomar fotos de paseos en Comfama y no para fotografía artística- me diera satisfacciones. Cada foto que tomaba, aunque no tuviera técnica, tenía vida.

Momentos significativos capturados con el par de triangulitos de papel: mi madre tejiendo. Una compañera del colegio durmiendo en clase de Química con un rayito de sol colado por la ventana e iluminando su rostro. Una señora barriendo la calle con un vestido colorido y su escoba como el mejor de los autos. Una pareja besándose en el parque en medio de niños. El remiendo de una media. Guayacanes Amarillos con sus flores en el piso por los meses de febrero y marzo. Mi papá recién levantado. Un niño con su camisa blanca manchada con helado de mora. Los dedos de mi abuelo teniendo la prensa. Imágenes que me son inolvidables.

Le dije que la fotografía me ha gustado, pero he tenido inconvenientes que me hicieron dejar mis triangulitos de papel hacedores de instantáneas, hoy, recuerdos imborrables. Pero pensándolo bien, si funcionó mi Polaroid imaginaria.

Imágenes: 1. Cámara similar a similar a la primera que me regalaron (Múnera) a los 12 años, una Kodak 76x con flash en Magicubo. Los Magicubos se compraban en droguerías. 2. Bolardo en Carabobo.