¡Por el tubo del medio, por favor!

Los variados juegos geométricos y de color en las latas de buses y busetas hacen las veces de indicativos que la gente ha asociado con rutas, recorridos y posicionado en la memoria urbana.

Publicado el 7 de mayo de 2011, en El Colombiano, página 2A, ver en el original…

Varias señoras esperan bus en el paradero de una esquina, todas usan lentes, cada una espera una ruta distinta. A dos cuadras de distancia se acerca un bus, una de ellas lo reconoce y comienza a despedirse, se monta y se va. Al rato, la segunda se despide de quien queda, pues identifica, a una cuadra de distancia, que el bus de su ruta se acerca. La tercera queda sola y espera el suyo, que por cierto ya se acerca, pues lo reconoce de lejos.

Esta capacidad de reconocer la ruta o el bus que se espera es posible gracias a que cada cooperativa de transportes ha vestido sus buses y busetas con colores corporativos que la gente asocia de manera efectiva. Es posible identificar a la distancia los de Laureles, Belén, Manrique, Envigado, Girardota, entre muchos, pero para reconocer las rutas de las busetas alimentadoras del Metro hay que esperar a que estén a la distancia necesaria para leer la tabla de la ruta por donde pasará. He aquí el núcleo del asunto que quiero abordar.

Hace poco una amiga, docente del área del diseño gráfico, me preguntó por algún problema de comunicación visual real para abordarlo desde la investigación. Le di algunas ideas y una de ellas se quedó en mi cabeza. Se está perdiendo la estética popular de nuestros buses, y digo nuestros porque transmiten la manera de ser: alegres, efusivos, extrovertidos y llenos de valores familiares.

Y es que cada vez que el parque automotor se renueva, se deshacen prácticas intuitivas o aprendidas, como la de customizar los buses con una cantidad de “rituales” como “bautizar” o llamarlos con el nombre de una mujer, pegarles fotos de la familia en la zona de cabina, escenas de ciudad, inmortalizar al cucarrón en la palanca de cambios y muchas más que hicieron incluso que Anthony Bourdain, en su paso por Medellín, obligara a ser paseado en uno de estos buses.

Pero el enfoque del problema que quiero abordar está en la estética visual externa, la cual veo extinguirse con los nuevos sistemas de transporte. Reconozco el impacto positivo de hacer del transporte un sistema para generar movilidad, pero la uniformidad que se percibe está haciendo desaparecer un rasgo casi “señalético” en la función de la gráfica externa de los buses, que va más allá del asunto de imagen o cultura corporativa de las cooperativas de transporte. Creo que la gama visible de colores y las variadas combinaciones son muy amplias como para simplificar la gráfica a un simple baño de verde o de blanco.

Se debe reconocer que los variados juegos geométricos y de color en las latas de buses y busetas hacen las veces de indicativos que la gente ha asociado con rutas, recorridos y posicionado en la memoria urbana. Hacen parte del paisaje visual, iluminan el espectro visible, recrean a usuarios, se vuelven objeto de la mirada de quienes visitan nuestra ciudad. He conocido a personas que sin saber leer, reconocen el bus que pasa por su ruta, y le “ponen la mano” sin temor al error y, por si acaso, refuerzan con una breve pregunta al conductor una vez se detiene. Hoy, dichas personas tienen que “ponerles la mano” a todos hasta que acierten con el que necesitan.

Creo que la administración pública debería tener en cuenta a todas las universidades que tengan programas relacionados con la comunicación visual, el diseño y las artes, para reinterpretar y rescatar esta estética y hacer uso de ella en estos nuevos sistemas que se vienen configurando y planeando para que no simplifiquemos el vestido de un bus a un color o a envolverlo con publicidad. Para hacerlo desde las distintas disciplinas del diseño o del concurso de las mismas, para hacerlo de manera bella, aceptable, ordenada.

Hace poco, hablando acerca del programa Diseño Visual del Paisaje con un par de académico de la Universidad del Valle, me contaba que la misma tristeza se siente en Cali para con los buses llamados papagayos, entre otros, por causa de esas nuevas rutas de sistemas integrados de transporte. Insisto en que estas contrataciones públicas no pueden dejar de lado la imagen de algo que está en el imaginario colectivo, además de las tipografías populares de las rutas de los buses reconocidas, incluso, en Latinoamérica, las líneas y figuras geométricas en plóter de corte con sus diferentes combinaciones de color. Todos estos elementos comunican la idea festiva y alegre de nuestra cultura y jamás deberá asociarse al concepto de pobreza, tampoco de desorden.

La uniformidad del parque automotor deberá reflejarse en la permanente capacitación de sus conductores, el trato amable con sus clientes, el respeto, en la seguridad de sus motores, en el buen estado de las llantas, en la prudencia y acatamiento del código de tránsito, etc.

Que vuelvan la ‘Ñata’, la ‘Niña Bonita’, ‘Tuyo es mi corazón’, ‘La Preciosa’, ‘Leydi Di’ y todas las busetas y buses con su color, con su geometría lineal, sus colores vivos, “saquen menudita, por favor, y córranse por el tubo del medio”.

‘La Rumberita’ de Salento

Se acicala el indígena, el aborigen antiguo, el babilonio que nos dio la escritura. Se adorna la Eva primigenia con hoja de parra, luego con piel animal. Se hermosea la mujer hebrea, la indonesia, la americana, la mujer de la orbe entera. Se acicalan los hombres, los guerreros antes de la batalla, se pintan la cara, se forman castas, ornamento para reforzar feromonas. Se adornan las flechas para la campaña, las armas de guerra, se anexan apéndices al cuerpo de todos, manillas, colgantes, pectorales, plumas, aretes, oros, mirras, metales, piedra preciosas recamadas en oro fino. Se acicala el hombre.

Pero no solo el hombre, incluídos varón y varona, se acicalan en consciente estética de atracción, adornan las casas en ritual decembrino, los televisores con carpetas de croché, los muebles con satines, los zapatos con rayón de bolígrafo, la oficina con imaginerías familiares, la sala con el corazón de Jesús, el cuarto de la niña con el Juanes de la paz.

Por último, el hombre, esta vez sí el Adam, vistió los buses con estética popular. Le puso fleco a la palanca de cambios, bola de billar número ocho, fotos de las niñas en montaje fotochó, imagen con virgen Del Carmen, monedas pegadas al piso como broma irritable, calcomanía pícara y burlona, cadena colgante, pito de lujo, animal o bestia sobre el capó, número nominal, bautizo con nombre humano: La Niña Bonita, Yolanda, reina de la parranda. Los buses son la extensión de la casa de quien lo conduce en la incapacidad de llegar temprano a casa en horario regular. Los buses y su estética urbana y popular.