De Sensus

El siguiente texto, es una colaboración especial de Elkin González, Sacerdote colombiano radicado en EEUU. Las imágenes corresponden a venta de artesanías en el Parque de Bolívar, feria de San Alejo.

 

Hace poco recordaba las palabras de Jesús en el evangelio cuando juzgaba su generación comparándolos con el verso cantado por los niños en la plaza: “os hemos tocado la flauta, y no habeis bailado, os hemos entonado endechas, y no habeis llorado.” (Lc.7,32)

 

En palabras más precisas, Jesús está criticando el máximo pecado no sólo de su generación, sino también de la nuestra: la insensibilidad. La insensibilidad es la incapacidad de sentir, la incapacidad de desarrollar cualquier relación empática que signifique un éxodo de la individualidad. La insensibilidad es la castración del sistema neuronal, la expresión de un autismo colectivo que flagela nuestro mundo y que nos declara analfabetas de los sentimientos. La insensibilidad nos impide bailar cuando nos tocan la flauta y no nos deja llorar cuando nos entonan endechas.

 

Cuentan que el primer milagro de amor realizado por Madre Teresa fue curar a un leproso que yacía en la vera del camino. Pero realmente el milagro no fue este. El milagro en si consistió en ver al leproso padecer, mirar de soslayo,  pasar de largo, y vencer la insensibilidad un cuadra después. Esta decisión de volver y ayudarlo fue el verdadero milagro, es decir, vencer la insensibilidad, vencer el egoísmo.

 

El mundo padece por el hambre, las guerras, los desplazamientos, la incomprensión, la corrupción, la enfermedad, y un sinfín de calamidades que si enumeráramos, ningún papel podría contener. Pero debajo de todo esto reside como gran señora, entronizada y protegida por fuertes y baluartes la insensibilidad. Esta empieza con la negación de la realidad, sigue con la actitud evasiva de la individualidad extrema, y termina con una calcificación del corazón que tenazmente describe el profeta Ezequiel en una promesa de liberación: “quitare de vuestra carne el corazón de piedra y os dare un corazón de carne.” (Ez.36,26) Un corazán de carne que siente, sufre, se alegra y llora. Un corazón, que una vez sano, estimula las lineas del rostro y hace dibujar una sonrisa, que hace levantar los brazos en actitud de acogida, y que enjuga lágrimas con palabras de vida.

 

La insensibilidad no se vence solamente yendo a un poblado de África, protegiendo huérfanos, y alimentando hambrientos. Esto sin duda es  loable y digno de imitar. Pero estas empresas grandes en contra de la insensibilidad se empiezan en el diario vivir. Educarnos en contra de la insensibilidad significa prestar atención a los sonidos de nuestro cuerpo, atender cuando nos pide algo y estar concientes de nuestra corporeidad; observar alrededor y dejarnos invadir por la fiesta de colores que ofrece la naturaleza; fijarnos en los cambios y en los pequeños detalles, mas para disfrutarlos que para alimentar nuestra hambre de perfeccionismo. Educarnos en contra de la insensibilidad es entender los estados de ánimo de quienes nos rodean, ver los esfuerzos de la esposa que se hace bella y del hijo que arregló su cama, lavó los platos, o se comporta extraño.

 

El sensible es materia fácil para el evangelio. El sensible es permeable, maleable, y agradable para compartir. Pero más que fácil de sugestionar o manipular, el sensible es veraz en sus sentimientos. Mas que vulnerable, voluble, o emocionalmente inconstante, el sensible es quien capta la realidad, la discierne y la transforma. El sensible también es racional, pero su razón nace igualmente en el corazón, porque al igual que Pascal, el expresa: “le coeur as ses raisons que la raison ne con-nait point” El corazón tiene razones, que la razón no comprende.