Salvador de Bahía

Colaboración y traducción de Gloria C. Estrada, del blog: http://eldesahogo-gloria.blogspot.com/

Preto velho:
Conozca
el famoso rapé* del
Negro Viejo
para curarse de
sinusitis
carraspera
migraña
dolor de cabeza
otros males.
*preparado de tabaco molido que se inhala por la nariz (tiene algo de chaman el Negro Viejo)

Es el centro antiguo de la ciudad de Salvador, Estado de Bahía. En el sector, conocido como Pelourinho, está representado todo el sincretismo del nordeste brasilero donde la mayoría de los habitantes son negros, respiran música y se rinde culto a los Orixás con el candomblé (religión afrobrasilera).

Tomada en Salvador de Bahía, Brasil / ¿Deseas ver una imagen de China?

Un perro cogitabundo

Póker es un perro que vive en Santa Elena. Su dueño vive en la falda de una montaña pero él se mantiene en la casa del alto, donde se sienta con Juan a mirar la puesta del sol, cada tarde de cielo despejado. A veces uno cree que se ha quedado dormido pero sólo está de locha, escuchando lo que hablan, sintiendo que respiran, esperando una mosca, echado.

Colaboración de Gloria Cecilia Estrada del blog: http://eldesahogo-gloria.blogspot.com/

Y vos, ¿qué querías ser cuando grande? – Titiribí, Antioquia

La estampa de estos dos adultos, como remembrando, mirando por encima de las casas como si allí estuviera el pasado; esa mirada de día lento y cansancio de la nada, esa pose del que espera lo cotidiano y el mismo viento cada día, esas miradas, pues, me hacen preguntar a mis lectores:

¿Qué querías ser cuando fueras grande?

En el listado de siempre, prevalecen: bombero, policía, médico y maestro. ¿Qué otra cosita querías ser vos?

  • Múnera: Verdulero. Pa mantener ese fajo de billetes que tenían en el delantal blanco y sucio pa devolver.

Para la siguiente imagen, les recomiendo afinar la mirada al zapato del señor de la izquierda de camisa curuba, un zapato 3 tallas más grande. Y cómo no, los radios que cuelgan como morrales.

Imágenes tomadas por Juan Camilo Orrego Soto de 17 años de edad. Titiribí, Antioquia.

Nota del autor: Parque de Titiribí en una tarde de domingo soleada y tranquila. Los abuelos han venido de visita al pueblo con su mejor pinta dominguera y se sientan junto a la pileta después de misa de doce, otros -que la pasan ebrios días enteros- llevan la música a todas partes en versión portátil de las grabadoras de antaño.

Plaza de mercado de Belo Horizonte, Brasil

En la plaza de Belo Horizonte se exhibe así el tabaco, en rollo, la que parece morcilla es picadura y la venden pesada. La de la foto es de la tabacaria Arapiraca, nombre de un municipio del estado de Alagoas, norte de Brasil, que se conoce como la Capital brasileira do fumo, por ser el lugar con mayor producción de tabaco en el país.

Plaza de mercado de Belo Horizonte, capital del estado de Minas Gerais, Brasil. 2005 / Hay dudas de si fueron tomadas por Carlos Mario Guisao Bustamante o Gloria Cecilia Estrada.

Mercados de Valdivia, Chile

Aún sigue vigente, mientras dure este blog, la convocatoria que les hago a los que están por fuera de Colombia, para que sean mis colaboradores enviándome imágenes de los mercados del mundo. Para esta ocasión, tengo como invitada a mi amiga Gloria Cecilia Estrada con un texto personal sobre su paso mochilero por Chile. Mercado fluvial de la bellísima, encantadora e inolvidable ciudad de Valdivia. Imágenes de Gloria y mi otro gran amigo Carlos Mario Guisao, ambos periodistas.

VALDIVIA, Chile
(…) Valdivia nos había hecho suyos en un prado verde, húmedo. En silencio. Frío. Un atardecer con comercio cerrado. Con olor a pescado y leones marinos y gaviotas al lado del mercado. Un barco viejo lleno de estudiantes y señoras que nos llevó a la isla de Mancera y a la Bahía de Corral en la desembocadura del río Valdivia. La orilla del río Calle Calle. Una ciudad puerto pueblo en el Pacífico que se había hundido en 1960 y que recibía la noticia de un maremoto con miles de muertos en el Asia. ¿Habrá repercusiones en este lado del mundo? Expertos en la prensa luchaban contra la tensión. En medio de eso, un grupo que peleaba contra la contaminación provocada por las fábricas en los ríos de Valdivia. Y que llenó el parque de la localidad con letreros en cartulina que preguntaban por los cisnes. ¿Adónde se habían ido y por qué?

Por allí estaban también los torreones españoles que nos hicieron imaginar cómo habría sido aquella ocupación holandesa en el siglo XVII y luego la batalla dada por los españoles que quisieron recuperar a Valdivia. La bella Valdivia que trajimos con nosotros para siempre. En la que nos recibieron con un mapita en la terminal de transportes. Donde nos hospedamos en Aires Buenos junto con mochileros europeos.

En Valdivia fuimos hasta La última frontera, un bar de luz tenue, con una mesera de pelo pintado que alabó nuestro cuidado al hablar, no como ellos, dijo. Una última frontera que nos enamoró más al lado de la Avenida Costanera. Los barcos que transportaban vigas. Un muellecito de madera podrida. Enclenque. Donde temerarios nos sentamos a escuchar el silencio, el agua, a ver las ondas y unas gaviotas en los troncos carcomidos. Donde yo vi unos ojos perplejos que me miraban llenos de preguntas. La calle del General Lagos donde vimos las casas grandes y hermosas. Con techos inclinados y paredes recubiertas con zinc. La calle Esmeralda. El sol cayendo casi a las diez de la noche en un naranja petrificante y enmudecedor. (…)
GE Enero de 2005

Quiero ver más mercados del mundo…

Un afiche de San Francisco

Hay una persona que nunca me propuse conocer, entró a mi círculo como una compañera de trabajo, pero su calidad humana, su sencillez, su delicadeza y su objetividad hizo pronto que yo la ascendiera a mi círculo de amigos. Hoy hace parte de aquellos que no necesitan verse a cada momento y que cuando se ven, se percibe que el paso del tiempo no ha transcurrido demasiado. Ella es Gloria, una de mis grandes amigas y de seguro lo es de mi esposa. Llegó de un periplo por las tierras norteamericanas y nos comparte unas vistas con sus evocaciones.

Por: Gloria Cecilia Estrada

En las paredes de caña y barro de la casa de mi infancia mi papá pegaba con chinches las tablas de multiplicar, copiadas a mano, para que mi hermana y yo las repasáramos diariamente. Junto a estas páginas escritas en hojas de cuaderno, papá había colgado las medallas conseguidas en distintas versiones de los juegos del magisterio jugando tenis de mesa y baloncesto y nadando. También, cada año, pegaba un almanaque que, al mismo tiempo, hacía las veces de afiche con imágenes de mujeres junto a una cajetilla de cigarrillos o con algún paisaje completamente ajeno al de nuestro pueblo. Con seguridad había muchas más cosas pegadas con chinches en las paredes de nuestra casa, pero ésas y un afiche de medio pliego, a todo color, en el que se desplegaba un enorme puente colgante, con la noche llena de lucecitas de una gran ciudad al fondo, son las que más recuerdo.

Hace unas semanas, más de veinte años después de que ese afiche, junto con todas las otras cosas, fuera despegado, arrumado y arrojado quién sabe dónde para que el bareque diera paso a las finas y pulidas paredes de cemento, pasé por ese puente. El Golden Gate, en San Francisco, California. Del otro lado vi la ciudad, de día, y no me pareció tan grande, pero vi los rostros y oí las voces de personas que habían llegado allí desde el otro lado del mundo para conocerla y vivirla. …La imagen que ahora me gustaría tener junto al viejo afiche de San Francisco lleno de huequitos de chinche en sus cuatro esquinas.

San Francisco. Estados Unidos.

Diana

Con esta historia, comienzo mi sección de Invitados de Honor, donde invitaré a mis amigos y conocidos a ser parte de este proyecto, con sus crónicas, cuentos o historias. Esta colaboración es de Gloria Cecilia Estrada a quien le envié una foto para inspirarla. Su texto nada tiene que ver con la foto,  “…pero me recordaron algo que escribí hace un par de años…” remata Gloria. / La imagen corresponde a un obrero comiendo en su jornada de descanso. Estación Andalucía del Metro. Construcción de muro de contención.

“Diana” Por Gloria Cecilia Estrada Soto*

A mi prima Diana le preocupa que la deje el compañero con el que se fue a vivir hace siete meses, el que le sacó a crédito nevera y lavadora y dijo que haría hasta lo imposible por hacer pasar a Laura, de seis años, como su propia hija, para hacerla beneficiaria de su servicio de salud.

El dolor de cabeza la hace madrugar más de la cuenta; por eso tiene más tiempo para quejarse de sus desventuras. Migrañas que se repiten porque teme tener que volver a vivir sola, sin con qué darle un vaso de leche diario a su hija, viviendo del fiado y pagando a usureros dueños de una pieza con baño y mesón que le cobran cien mil pesos o más por un alquiler en estrato 1.

Si el compañero la deja, Diana volverá a tener lo que tenía antes: dos camas sencillas, un aparato de teléfono, dos ollas, dos platos y algo de ropa. Tendrá que olvidarse de las facilidades que ha tenido en los últimos meses. Ésa será una parte de su tragedia. La otra parte será aceptar que, a sus veintiocho años, sigue dando tumbos en la vida sin encontrar a un hombre que la ame por más tiempo y la valore por encima de sus sesenta kilos de peso.

Al menos ahora, por ahora, hasta julio, Diana tiene trabajo. Después, nadie sabe. Sobra decir que vive unos días de zozobra que apenas logra distraer viendo algo en la televisión.
Para ella, la guerra de este país y sus presuntos intentos de paz no dejan de ser un dato, a veces curioso, que se comenta de pronto, pero que no determina nada en su vida. Diana puede comentar la última bomba, el regaño del Presidente, lo que unos señores encontraron en el computador de un paramilitar o de un guerrillero, la inundación en algún pueblo (en cualquier pueblo), como cosas tan ajenas, tan lejanas. No son suyas esas cosas. Tampoco lo son esos asuntos que no logra entender sobre reformas políticas, elecciones legislativas, contaminación ambiental, y tanta, pero tanta cosa, que esbozan los noticieros que ve en la noche mientras espera que, al fin, empiece la telenovela.

Pero Diana vive su telenovela y vive su noticiero. Historias del hambre, la carencia de afecto, la soledad, la pobreza, el desempleo, el desengaño, el madresolterismo, la falta de educación, la desigualdad. Es protagonista y personaje de muchas historias aunque ni siquiera lo sepa. También, mi triste Diana, es protagonista y personaje de las otras historias que no entiende, ésas que erradamente cree no le interesan o no le incumben. Ella es el ejemplo viviente de la guerra, de la especulación financiera, de la tributación desequilibrada, de los que abusan del poder, del mal uso de los recursos, de la mala distribución de la tierra, de la inestabilidad laboral, de la triste cobertura en salud.

Diana no sabe, y tal vez muera sin saberlo, que todo eso que muestran en la televisión es parte de su tragedia, pero ¿cómo podría vivir también con eso?

Ahora que me llamó, Diana me dijo que su cabeza está a punto de estallar, que lleva dos noches sin dormir y que cree que su compañero está saliendo con otra mujer.

*Periodista de la Universidad de Antioquia