El premio era ir a Kokorico

Del pescado, tengo una espina trancada en el guargüero -perdón, garganta- como recuerdo.

Del pollo, en cambio, tengo hermosos y deliciosos recuerdos, sobre todo del Kokoriko. Señores lectores, por lo menos en Medellín exisitía un ritual diseminado entre los padres de familia que permitía que después de reclamar las calificaciones, lo llevaran a uno a Kokorico como premio a la excelente gestión académica -solo si las notas eran buenas-.

Pasar por Kokorico acompañado de los padres -sin dinero- era todo un castigo. La grasosa fragancia de cuero de pollo que expedían los almacenes de este empresa era todo un deleite. Justamente era en la carrera Bolívar, donde paraba el bus que tenía la ruta para mi casa -Transmayo Ltda- y era allí donde la tortura lo visitaba a uno hasta la ventanilla del bus. Ni hablar de los indigentes -gamines, para la época y personas en situación de calle, hoy- que se hacían a las afuera del establecimiento, seducidos por el olor y martirizados por las innumerables negativas de clientes, por tirarles algún huesito con ñervo.

Guargüero: Así le dice mi abuela al pescuezo del pollo o a la garganta nuestra.
Ñervo: carne dura con cartílago o con tendones.

Foto: Aviso de restaurante en el barrio El Bosque. Medellín.