La belleza no está en las pasarelas

La belleza humana, lo diré hasta el cansancio, está en la sonrisa. La belleza humana y la femenina en particular no está en las pasarelas, o por lo menos no está solo allí. La belleza femenina está en el tono de voz, en una mirada soslayada, en esos guiños que saben hacer solo ellas, en esa feminidad que las lleva a cuidar su apariencia, en sus manos lisas de juventud y arrugadas de senetud, en la cantidad de pendejadas que guardan en sus bolsos, en las decenas de peinados que son capaces de hacer, en la intuición que lleva a guardar de los suyos, en la leche que nace de su ser.

La belleza no se le oculta a la pobreza, retumba desde el mundo de las ideas y sobresale en rostros perdidos en las montañas. El rostro montañero no es ajeno a las bondades de la genética, brota, como fuente de agua, en cualquier rincón, en cualquier vereda aporreada por el hambre y se instala en pieles que no conocen el poderío y la altivez del dinero.

Esta belleza en particular, la extracté de la vereda La Mina, en Amagá, una mañana de sol, de sábado lento igual que muchos, de día de lucha para cientos de mineros, de la tierra que ha tantos ha tragado.

¡Oe, oe! se coló, se coló

¡Pilatunas infantiles de otras épocas! Entre adminración porque reemplaza un suspiro que evoca recuerdos. Como jugar ‘Tintín Corre Corre’, osea, tocar puertas ajenas y salir corriendo para que no sepan quién fue y entre en desesperación la persona dueña del inmueble. Recuerdo una de las mías: ya no vivía en el barrio Manrique, de Medellín, pero estando allá en una visita, salí a la tienda donde siempre hacía los mandados; pasé por una casa y toqué la puerta y salí corriendo, en la esquina reflexioné y me dí cuenta que la dueña no me reconocería si me viera, así que me detuve y esperé que la señora saliera y desde la esquina le señalé que fui yo quien tocó en su vivienda, luego corrí.

Me colé en buses en la ciudad de La Dorada, en Caldas, junto con mi primo, hermano del alma, ‘Juancho’ y recorríamos toda la ciudad escondidos en la puerta de atrás, que era donde, lógicamente, uno se colaba. Mis ojos siempre presenciaron los famosos coleros que se pegaban desde la calle Ecuador con la oriental en Medellín, en sus bicicletas; tal aventura se hacía enganchando a la parte trasera del bus una cuerda a la que iba amarrada la cicla y así ganarse toda la subida hasta los inicios de la comuna Nororiental.

He de confesar, y no me da pena, que cuando nació Jacobo casí me colé en un bus, y digo casi porque fue con consentimiento del conductor para evitar tener que correr dos cuadras hasta la Clínica Las Vegas donde tenía parqueado mi carro y finalizaba una hora más de estacionamiento, parqueadero cuya hora es bien costosa. El caso fue que me monté en un bus a la altura del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid y le dije al conductor que si me arrimaba “dos ‘cuadritas’ más allá”. Jajaja,, hay que burlarse de uno mismo. ¡No faltará el que te reconozca y le de pena ajena! jajajajajja.

Imagen tomada en la vereda La Mina, municipio de Amagá. He vuelto, Jacobo mejorando, papá y mamá también.