Los traguitos de la mañana

La radio se enciende y las músicas campesinas suenan en algún punto del dial, algunas con temas cotidianos, otras, con temas picantes: suena la guasca. Antes que mirarse al espejo, antes que desahogar la vejiga; se enciende la estufa, de gas, de energía o de leña y se “levanta” la aguapanela, el tinto o el ‘cocholate’ como dice mi abuela.

Una vez hervida la bebida, los durmientes terminan su jornada horizontal y se acercan al comedor más acojedor de las casas de antes: la cocina. No valen las vajillas, las sillas o la madera de la mesa, lo mejor es acercar cualquier butaco, ‘burro’ o silla y tomarse esos primeros sorbos que despiertan el día: los ‘traguitos’.

Así, al calor humano de la familia y en medio del humeante vapor del tinto* que se escapa, se comienza el día, se cuentan las noticias narradas por la primera que se levantó y que ya se enteró de pormenores, se opina, se ríe y se disfruta. Unos vuelven a la cama para seguir en la pereza o ‘cochita’ que llaman, otros al congelado despertar bajo el agua, otros u otras, a barrer en la primera pasada.

Tinto: café en porción pequeña.

Mis recuerdos están en lo sencillo

Este hijo de madre soltera nunca fue pobre, pues la pobreza es un estado mental -por lo menos para mí-, lo demás es carencia de recursos. A este hijo de madre berraca nunca le faltó nada, juguetes, viajes, alimento, estudio, quizás amigos.

Lo sucedido en los primeros años de vida marca nuestras vidas y la mía, fue alimentada de viajes a casas de campo. Yo las llamo fincas, pero otros dicen que las fincas son las de los ricos, las de recreo, las que producen millones. Por ello, mi cerebro está lleno de estímulos guardados en mi memoria visual y olfativa, con carreteras destapadas, cocinas de leña, garabatos con carne secando, velas de cebo, colchas de retazos, vacas, marranos y gallinas, sembrados de maíz y de otros de pan coger.

Mi cuerpo visitó fincas boyantes y llenas de lujo, pero mi memoria solo guardó el acervo de lo sencillo, de lo simple y lo cotidiano, de lo humilde -no pobre-, de lo que consideró más valioso: los olores de la vida y sus detalles, las imágenes de los grandes milagros, pocas veces recuerdo lo que era lleno de lujo.

Mi memoria olfativa, está llena de recuerdos de estiércol de ganado, de marraneras, de tierra, de leña quemada, de polvo en carretera, de cientos de árboles, de cocina en leña, del olor de tapas de gaseosa, de bahareque.

Mi oído guarda cantos de grillo, sonido de viento y hojas bailando, de la noche que tiene su particular música, de cascada, de los pies que pisan la tierra llena de piedritas, de mugidos, de pájaros madrugadores.

No hay necesidad de tener cocinas integrales, poyos en mármol o en acero, no hay necesidad de tener artilugios eléctricos; para cocinar sólo se necesitan manos, amor y la sonrisa que sirve los platos. Sea en leña, en eléctrica energía, en impecables muros o en ahumada cocina, la suculenta receta va por dentro de la olla.

Posdata: tuve el placer de buscar los insumos y ayudar a realizar una escoba como la de la imagen. Iba uno por la carretera destapada caminando y arrancando la mata que llaman “escoba” cuyo nombre verdadero no conozco y que sirve de insumo para la hermosa barredora que uno rehacía cada tanto.

A mi memoria que nunca olvida la finca en Guaduas en Cundinamarca y el olor de la Dorada en Caldas.