El oficio de mendigar

El tarro debe sonar para llamar la atención del público que se espera cautivar. El tarro puede o no, estar quieto. El tarro no debe estar lleno pues no necesitaría; tampoco vacío, porque entonces, es que nadie le cree. Algunos usan andrajos para reforzar el concepto de mendigo; otros, visten impecable, el que sea indio no obliga a una maleta de hojas. Debe existir un sonsonete, un audiotipo que le identifique, ya que inventarse día a día un nuevo estribillo debe ser agotador e inútil. La cara deberá ser lavada según la calle donde se pida; igual las manos, para recibir billete.

Debe estar equipado con costal, morral, mochila o bolsa; para una jornada completa. En su interior: agua, saco, bolsas, comida de casa, café con leche y algunas carajadas más que nunca se imagina uno. El aviso puede o no usar orto-grafía; si es de desplazamiento se aconseja el error en la misma. El punto debe ser elegido con cuidado; territorio diario de amplia circulación peatonal. Debe el mendigo prepararse a los atracos, pues, a ellos también les roban, los extorsionan y les piden pedazo del botín.

En fin, un trabajo más si se mira la disciplina, el protocolo y la secuencia de procedimientos para ejecutarlo. No se paga impuesto aunque sí se recibe mucho sol. Así que empaque paraguas.

“La sociedad del semáforo”

Es definitivo. Presto el nombre de la película colombiana, La Sociedad del Semáforo, escrita y dirigida por Rubén Mendoza, para resaltar la tremenda frase que me encontré en Armenia cuando el rojo de un semáforo me llevó a asombrarme de semejante estrategia de comunicación: pobreza, abandono, lucha, esperanza, dolor, familia.

“Frente al miedo, la vida nos dio un giro de ciento ochenta grados. No estábamos preparados para esto: dos años en el semáforo.

Papá: nosotras cuando estemos grandes le compramos un semáforo”.

Semáforo en Armenia, Quindío. Nadie posaba cerca ni pedía ni quién respondiera alguna duda.