Los Estudiantes – Luis Tejada, 1922

Texto tomado del libro Nueva antología de Luis Tejada, Edición a cargo de Gilberto Loaiza Cano. Editorial Universidad de Antioquia. Crónica: El estudiante. Publicada en El Espectador, “Gotas de tinta”, Bogotá, 9 de marzo de 1922.

El estudiante se cree siempre con el deber de aparecer revolucionario. hay un prejuicio muy general que lo rpescribe así, que piensa que si un pobre diablo tiene la fortuna de ser joven, y estuduante por añadidura, debe ser revolucionario de todas maneras, so pena de acarrearse el desprecio de los pensadores y de los filósofos políticos. Y el estudiante, imbuidos por ese prejuicio, lo primero que hace cuando llega a las aulas es sentar plaza de revolucionario, en cualquier sentido que sea…

…Los mejores revolucionarios han surgido siempre solos y huraños, de esos bajos fondos sociales, donde entre el lodo maravilloso y la carne adolorida nacen a veces los odios más bellos y los ideales más fecundos. La fe o la ambición, el ansia de redimir o la sed de sacrificio queman sus almas y los vuelven feroces, implacables; van hacia los fines supremos, arrasándolo todo, como un torbellino abrazador.

El revolucionario ideal, el divino descalzonado, esta muy lejos, pues, del estudiante idea. ¿Por qué, entonces, se le mete en la cabeza al estudiante que debe ser revolucionario? Esa es una contradicción intima que existe en casi todos los estudiantes: su espíritu, suavizado por armoniosas disciplinas, amodorrado por los dulces opios de la folosofía y de la literatura, de las matemáticas apasionantes o de la historia, deliciosa y bruja, su espíritu, digo, aspira secretamente a la quietud, al estudio apacible y sereno dentro de la confortable severidad de los bufetes, de los claustros sombreados, de las bibliotecas familiares. Pero, en cambio, las piernas, las piernas locas del estudiante, catequisadas quizá por los prejuicios de los pensadores políticos, quieren ser revolucionarias a toda costa, y arrastran los ágiles cuerpos al motín, a la tormenta, al incendio sangriento y tremebundo….

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Yo soy santo, virgen y pequeño

Fui donde la abuela muy temprano. Me arrojé contrito sobre su seno y, sin que el tío lo percibiera, deje un beso y una lagrima conmovida sobre sus manos sarmentosas que amasaron en otro tiempo el perfumado pandequeso, para que yo lo robara luego del escaparate familiar.

 

¡Seno confortable y casto de la abuela! Al abrazarlo con unción nos sentimos reintegrados a la fuente de nuestra estirpe, oímos palpitar la entraña fecunda, genitora, que bautizó con su sangre nuestras venas e infundió en nosotros el espíritu divino que hoy asoma a nuestros ojos.  Recostar la cabeza sobre el seno santo de la abuela, es limpiar el alma de todos los pecados, es hacerse virginal y pequeño como un niño.  Yo lo sentí así.”

 

De la crónica “En el Pueblo”, Mesa de Redacción, El Espectador.  Medellín, 26 de junio 1920 por Luis Tejada

 

Yo soy santo, virgen y pequeño porque cada viernes que subo a almorzar en casa de mamá, terminado el manjar hecho a 4 manos y un corazón, yo me elevo a la dimensión de la digestión y reposo la panza en las piernas de mi abuela que yace obligada por mí, en un sofá conmovedor. Mi abuela cede ante mi presión semanal de cada viernes, y le pongo a rascar sagradamente mi cabeza, vicio que por estar casado solo puedo disfrutar una vez por semana, pero que de soltero era bálsamo diario para mi cuero cabelludo.

 

Por eso,  como dice Luis Tejada, Cada semana yo limpio mis pecados, me hago virginal y pequeño como un niño. Y no le robo pandequesos, sino que me da arepa. Y su escaparate es otro cuento.

En la Imagen: Juana Abreo, mi abuela. Está viva y este es un pequeño homenaje. Lo bello, hay que hacerlo en vida.