La Madre, la Montaña y la Cueva

La Madre, carga a su niño, lo que la hace a ella poderosa y numinosa. Allá adentro, tras las rejas que hacen las veces de puerta a lo misterioso, lo inefable o lo desconocido (Oculto), allá adentro reposan dos: la Madre y el Niño; ambos poderosos. Un “arquitecto”, consciente de su acto religioso e inconsciente de su acto personal, cavó la montaña e hizo habitáculo para tremendos arquetipos. Luego, a través de la estético realizó cuadrado y marco que unifica y da sentido a la obra. La “casa”, además, es una flecha que apunta hacia arriba, lo que lleva al hombre a la comprensión o búsqueda de sentido con ese más allá, “arriba” de nosotros mismos. Los colores, no podrían ser más luminosos-numinosos, trascendentes y esperanzadores, llenos de vida y no de muerte.

Todos estamos impregnados de ello: la Montaña, que somos nosotros mismos y a una Madre, individual, colectiva y natural, además. Somos el Niño sin intoxicación, inocente, poderoso. Somos los arquitectos de nuestros propios símbolos, artífices, orfebres de nuestra vida. Solo me preocupa el encierro de tales símbolos, esa “seguridad” hecha rejas que coarta, que impide la manifestación de los mismos; paranoia y justificación por los daños que nos hacen, por las envidias o la incomprensión. También somos animales salvajes.

¿Imagino que han soñado, muchas veces, con la montaña (Subiendo o bajando)?

¡Eavemaría! Es que le sacó los mismos ojos

Así suene discordante, el jesús infante luce un buen afro rubio. Reposa para el retrato con sus particulares ojos interespaciales que connotan su universalidad. Las escarapelas o escapularios definen en él su adelantado marianismo.

Me asombra, hablando en serio, la importancia mariana en nustra cultura, dando mayor tamaño al concepto de maternidad, de la misma María, que de quien debería ser el gran protagonista, Jesús. Debería ser María, quien llevara escapularios que hicieran honor al Mesías nacido ya. Por siglos, la iconografía religiosa ha sido permeada de todo tipo de ungüentos icónicos e ideológicos para dar como resultado a la imaginería convencional de hoy.

La última cena por ejemplo no refleja casi en nada a la verdadera cena histórica, sentados en el piso, en tapetes, comiendo de la mano, sin perspetivas de fondo, sin mesa, sin amplitudes, sin ostentaciones. Es más, los asistentes a la cena, entre ellos mujeres, comían al escondido. Busquen en el evangelio una clave: un hombre cargando agua en horas de la noche.

Imagen religiosa pintada en la parte trasera de un bus escalera en el Barrio Sagrado Corazón de Jesús.