Multitud de rubias se toman la popular calle Maturín, en el centro de Medellín

En diciembre, la carrera Maturín, base de la línea B del Metro en el centro de Medellín, se llena de vendedores y compradores, que acosados por los traídos y los aguinaldos, hacen de esta vía una plaza pública dedicada al comercio de importaciones y de contrabando. Allí los ladrones también hacen su agosto y su diciembre.

Rubias coquetas con todo el que por allí camina, osos que montan en patineta, ciclistas pedaleando sin descanso, rubias y más rubias, y monos también, de peluche y de ojos azules, perifoneo y raponazo. Es la calle Maturín, que en diciembre toma proporciones mayores a las que mantiene el resto del año con la venta de aguinaldos, traídos, ropa y navidad.

La calle Maturín ha sido por años, el centro del comercio informal en Medellín, allí están ubicados los almacenes Sanandrecito, centros de comercio de contrabando “legalizado”; los indígenas ecuatorianos con sus famosas y calurosas cobijas, los vendedores de piscinas inflables que actualmente colonizaron este lugar como nicho de ventas, los vendedores de cidís piratas con sus largas tablas que son vitrinas del ojo tapado.

Bajando hacía la carrera Cúcuta y Cundinamarca, el comercio se vuelve más textil y es allí donde los pantalones están en promoción, $35 mil, siga sin compromiso, las telas todas, estampadas y variadas, el repuesto de la olla a presión, el gancho de ropa, el estuche para celular. Todo ello en un camino que no tiene vía despejada, donde la frontera entre acera y calle es inexistente, donde el esquivar, el golpear y el perdonar es denominador común entre tumultos y muchedumbres.

En Maturín el peatón no sabe de aceras ni de calles, el peatón deja de ser humano para volverse animal salvaje en la búsqueda de su propia supervivencia. La compra, arropada entre una bolsa negra, es cargada con celo compulsivo para evitar las manos amigas de bolsos y bolsillos, que buscan cuchilla en mano, su propio beneficio.

El panorama es igual al interior de los almacenes que enmarcan esta plaza del comercio popular. Adentro, los sanandrecitos, llamados así de manera genérica, son ollas pitadoras a punto de expulsar a humanos, mercancía y sudores. Ingresar a uno de ellos, es el resultado de poder cruzar la calle que viene de Carabobo, esquivar 101 transeúntes y subir unas escaleras angostas como el salario mínimo de cada año. Una vez adentro, aguantar las manos que te tocan, te atraen, te llaman, a ver qué está buscando el caballero.

Relojes, lociones, tecnología, pantallas planas, pilas, tenis, zapatillas, oro, grabadoras, radios y emepetrés; de todo en esta viña que no es del señor, porque él, vive en un cielo calmo, con nubes y aire fresco. Allí no, en el Sanandrecito principal no. Allí no existe el aire fresco. Allí solo hay mercancía en venta, bolsas negras debajo de sobacos y dinero, mucho dinero, en cantidades exorbitantes, inimaginables. “Aquí hay más plata que en el Poblado, parcerito, aquí se mueve más que en El Tesoro, papá” Comentó Manuel, un vendedor de celulares en el piso tres de este almacén.

Regrese al primer piso por las escaleras que dan a la salida por Carabobo y se sentirá deseado, atraído por decenas de manos que te atrapan en contra de tu voluntad ¿qué buscaba el caballero” o el famoso pero ya cambiado ¿qué zapatico buscaba mi amor? Que por cierto, ya no se volvió a escuchar en los repletos pasadizos de los centros comerciales de todo este hervido sector conocido también como El Hueco.

Vuelva a casa después de conocer la verdadera ciudad, de recorrerla entre sudores y empellones para que vea de primera mano y contando devueltas, qué tanto rindió el dinero. Al hueco, a Maturín, a ese hervidero de gentes, bajan, con ropajes distintos, las encopetadas damas del sur oriente de Medellín, de la Catorce, de El Poblado para decirlo de una vez. Maturín no es para pobres, Maturín es para los que reconocen en cada calle y acera a una ciudad que palpita y siente, a una ciudad que es democrática con sus gentes, a una ciudad donde los sudores se mezclan con sonrisas y empujones, todos cazando una buena promoción, dos por uno, la encima, la ñapa, la plata rendida, el aguinaldo, el traído, la muñeca rubia, el oso patinando, el ciclista pedaleando y el amigo sastre de bolsillos ajenos, robando.

Maturín despierta desde las nueve, muere muy tarde en la noche, abre todo diciembre y por favor, no se acerque un 23 ó 24. Hágase también su agosto y madrúguele a diciembre.

El Orgasmatrón

– ¡Ay, mirá ese tipo tan raro con eso en la cabeza!
* Boba, ese es un orgasmatrón.
– ¿Un qué?
* Un aparatico que sirve para relajarla a una todo rico.
– ¡Ay tan cochina vos!
* No seas boba Matilde, es para hacerle cosquillitas en la cabeza a una.
– ¿Cosquillitas de aquellas, Rocío?
* ¿De cuáles? ¿de aquellas? Porque de esas no las siento hace milenios.
– De esas, las íntimas.
* No. Mirá, uno se pone eso en la cabeza, y lo mete en la cabeza y comienza uno a rascarse ahí
– ¿Ónde?
* En la cabeza. Como si uno tuviera carranchil.
– ¿Y cómo se llama eso?
* El Orgasmatrón.
– ¡Ay qué rico!

Ventas ambulantes en Maturín.

La herencia de mis mayores

Mi niñez no fue muy cercada por amigos de la misma edad, por el contrario, mis tardes eran alimentadas -a la fuerza- por visitas que hacía mi abuela a sus amigas, es decir, me la pasé en la niñez participando de la mano de Juanita, de puras visitas parviadas*, visitas de cuatro de la tarde a sus amigas de la Primera Iglesia Bautista.

Para esa época, no existían centro comerciales, a excepción de San Diego -primero en Colombia-. Entonces lo que a mí me tocó, fue callejiar por El Palo, Maracaibo, Junín, Girardot en compañía de mis madres: mamá y abuela. Lo que sí recuerdo es que siempre que me llevaban, me compraban natilla* de las monjas, que por cierto la vendían en cualquier época del año. Me tocó también, ir al Pedrero, antigua plaza de mercado de Medellín en la Avenida San Juan. Me tocó ir a culto y a misa. Me tocó escuchar las conversaciones de mi abuela con sus hermanas acerca de mitos, espantos, entierros y hasta del Mohan, leyenda en las riveras del río Magdalena.

Crecí entonces entre mayores, entre chocolatico con pandequeso, entre risa y conversa de viejos. Hoy, debo confesar el gran respeto que siento por las personas mayores -excepto una**-. Reconozco que, si la vida lo tiene a bien, nosotros también llegaremos allá, arrugados y achacosos -más yo, que soy bien mañoso-.

Los ancianos tienen mi respeto y confieso también, que me encanta fotografiar las arrugas de un anciano. Me parecen bellas, me parecen tan humanas, tan vulnerables. Las arrugas nuestras, nos hablan de una vida vivida, de un recorrido, de vida y no de muerte. Por eso mi esposa no tiene nada que temer: se que te arrugarás y yo te amaré. -Eso sí, me dejas jugar a estirarte la cara jajajajaj-

* Parva: harinas para comer. Tostada, calado, pan, palito, pandequeso, almojábana, etc.
* Natilla: dulce decembrino de maíz y leche.
** ¿Excepto una?: sí, mi vecina del segundo piso. ¡No la soporto!

Imagen tomada a un carretillero en la calle Maturín, esperando cliente.

¡Qué tonto fui!

Según encuestas que he realizado a lo largo de mi vida, fui el único niño que cuando le avisaban que le iban a dar una pela (allá en Manrique), el muy querido niño, obediente y solitario, veía cómo sacaban el propio cinturón negro colgado de la puerta del chifonier, miraba paciente cómo se acercaba el verdugo materno y se quedaba de manera voluntaria a que le pegaran… Suáquete, uno; suáquete, dos; suáquete, tres. Tres berriondas pelas me daba mamá o mi abuela por contestarle mal o por pirómano que fui.

Las encuestas me arrojaron datos, como que todos los niños se volaban, se escondían debajo de la cama o jugaban al gato y al ratón. Todos menos yo. Claro que yo salí bien librado. Mi primo Juancho de La Dorada, recibía las pelas de mi tía Petronila de la siguiente manera: empelota (desnudo pues), mojado con agua tirada de balde y con la berbena o cualquier otra ramita que hubiera a la mano.

¿Y a vos cómo te pegaban? contame… / Más cosas que me pasan…

Venta de cinturones en Maturín, bajos de la Línea B del Metro de Medellín.