La belleza no está en las pasarelas

La belleza humana, lo diré hasta el cansancio, está en la sonrisa. La belleza humana y la femenina en particular no está en las pasarelas, o por lo menos no está solo allí. La belleza femenina está en el tono de voz, en una mirada soslayada, en esos guiños que saben hacer solo ellas, en esa feminidad que las lleva a cuidar su apariencia, en sus manos lisas de juventud y arrugadas de senetud, en la cantidad de pendejadas que guardan en sus bolsos, en las decenas de peinados que son capaces de hacer, en la intuición que lleva a guardar de los suyos, en la leche que nace de su ser.

La belleza no se le oculta a la pobreza, retumba desde el mundo de las ideas y sobresale en rostros perdidos en las montañas. El rostro montañero no es ajeno a las bondades de la genética, brota, como fuente de agua, en cualquier rincón, en cualquier vereda aporreada por el hambre y se instala en pieles que no conocen el poderío y la altivez del dinero.

Esta belleza en particular, la extracté de la vereda La Mina, en Amagá, una mañana de sol, de sábado lento igual que muchos, de día de lucha para cientos de mineros, de la tierra que ha tantos ha tragado.