La Plaza Minorista de Medellín, un sábado

Colaboración de Juan David Escobar, en la TomaTodo de la Plaza Minorista. Febrero 6 de 2010

Juan David Escobar. Un sábado a mitad de la mañana, hice flotar mi cámara entre señores y señoras que arreglan y ponen bonitas las cosas que para muchos de nosotros ya son feas y llegaron a su final. La plaza Minorista José María Villa, es una galería de tres pisos donde los compradores caminan escogiendo lo necesario para pasar los días y no quedarse pelados para volver en bus, o mejor, en taxi a casa.

Desde ropa usada -en buen estado-, pasando por los granos recién despegados de la mata, la legumbre fresca de todos los colores y los abarrotes con los precios más bajos del mercado. La carne, de primera; las hierbas, para terminar de enamorar a ese hombre que tanta brega te da; la mascota que tu hija quiere desde hace mucho tiempo, y la bicicleta, que sabiendo que es robada, sale barata para ir y volver del trabajo. La herramienta para la obra civil a precios irrisorios, el surtido completo para tu negocio de esquina, los dulces al por mayor para que ningún niño en la fiesta se quede sin chupar. La Plaza Minorista, una ciudad dentro de otra ciudad. Febrero 6 de 2010.

Gabriel Ángel Serna, 55 años perdido en el tiempo

Llegué a las once y siete o por lo menos eso creí hasta que entré a uno de los pequeños locales del Centro Comercial Medellín. Primero me encontré con su gastado rostro, plegado por los años -que hacen lo suyo-, luego me asomé, miré, y no aguanté la tentación de saludar, como hago siempre antes de tomar una foto, o antes de pedir permiso para tomarla.

Les decía que eran las once y siete, pero como una asíntota en el tiempo, todos los meridianos de la tierra pasaban por el pequeño local de Gabriel Ángel Serna. En cada girar de mi cabeza buscando una foto sin tomar aún, una hora distinta aparecía ante mis ojos y ante mi cámara que no sabe de husos horarios: once dieciocho, once veinte, y me quedé allí, hablando con este relojero con 55 años de experiencia y capturado por el encanto de su pequeño territorio laboral.

Don Gabriel, abre cada mañana, su local en el Centro Comercial Medellín, contiguo a la Plaza Minorista de Medellín, para sentarse ante ¿centenas, miles? de piezas, repuestos, bobinas, pulsos y demás maquinaria que le sirve de inventario para arreglar cualquier relojito que le lleven.

Bajo el cristal de otra mica son las cuatro y tres, y así se quedará porque ese reloj ya no tiene remedio. Un Citizen análogo y digital me dice que son las diez y 31, pero hasta esta altura me es difícil creer en la verdadera hora que Colombia ha decidido convenir.

“Ocho y 38” y don Gabriel me comparte detalles de su vida como relojero: aprendí mi oficio por correspondencia a través de un curso de relojería que duraba dos años y que entregaba diploma inclusive. Era el instituto, Nacional, el que impartía los cursos y hacía examen al finalizar. Los fascímil para inscribirse, venían en el periódico El Heraldo y eso me permitió estudiar algo para defenderme en la vida, y ya ve, ahí voy…” “Trabajé nueve años en Barranquilla, en la Joyería Serrano, en Bogotá y aquí en Medellín en la Farmacia San Francisco, en la Prendería monte Verde y en el Centro Comercial llevo 15 años” comenta don Gabriel


Continúo tomando fotos y verificando horas: diez y uno, cuatro y treinta. No sabremos nunca si de la mañana o pasado el meridiano, pues los relojes los hicieron para marcar medios días. Un vendedor de mangos, magullados por cierto, se acerca al mostrador y me vende tres –blanditos- en mil pesos –para jugo están bien- y se queda para ver mi entrevista y hablar de relojes con el experto. “En Barranquilla arreglé varios Rolex genuinos, aquí ya no me caen relojes finos”.

Me quedé admirado con otra sorpresa más de ese local, pero de esa no les comentaré nada -es un tesoro que no quiero compartir si me disculpan el egoísmo-, me quedé tomando fotos, buscando la luz pues no me gustan ni los trípodes, ni las luces falsas, aunque algún flash me tocó sacar. Don Gabriel es uno de esos viejos buena gente, amable entre Jawuacos colgados, falsos unos, cercanos otros. Entre piñones y bobinas, entre pilas y alambritos, entre risas y tres mangos por mil.

No coma cuento, coma chicharrón

  • Los cerdos no tienen la culpa de los experimentos genéticos.
  • Del cerdo, muchas órganos sirven a la medicina del hombre.
  • De sus representaciones en polímeros, hacemos ahorros infantiles -se recomienda no practicarle cesárea antes de tiempo-
  • Del cerdo, los antioqueños comemos uno de los mejores binomios alimenticios: arepa con chicharrón.
  • Del cerdo y su menudo, creamos populares y grasientos platos: morcilla, chunchurria, buche. Dulce de pata, gelatinas.

Este animal es quien mantiene al colombiano, unido a su pasado politeísta, donde se sacrificaban animales a los dioses, en combinación con el fuego. En los últimos días de cada año, y como un ritual escatológico, cientos de cerdos son sacrificados y el humo del sacrificio, ascendido a los cielos como ofrenda fragante a los paganos dioses. No sin antes, realizar un jolgorio de burlas y parlanchinas fiestas. ¡Pobres marranos!

Imagen tomada en el Centro Comercial Medellín, contiguo a la Plaza Minorista.

Méjtase conmigo y verá como sale…

Vigilante independiente en la Plaza Minorista de Medellín. Recuerdo a don Álvaro, vigilante del barrio en que me crié. Un voyerista matutino, que antes de tocar a la puerta para el servicio de “despertada”, silenciaba su pito de árbitro y se acercaba a las ventanas a fisgoniar y ver las amas de casa en sus batolas motudas. Ah don Álvaro picarón, ¿dónde estarás?, ¿en que ventana reposará tu rostro senil?

Virgen de la Cebolla Larga

Unos rosales milagrosos, nacen a los pies de la Vírgen de el Cebollal, por cierto hincha del Medellín, como muchos vendedores de la Plaza Minorista de Medellín.
De nuevo mi desconocimiento en estas imágenes. Diana mi esposa me corrige que ésta no es la Virgen del Carmen sino María Auxiliadora. Es que yo para los apellidos soy muy malito.

Éxtasis de color

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¿Cómo negarse a ir a la Plaza Minorista de Medellín?
¿Cómo no alimentarse de fruta fresca y color de tierra?
¿Cómo no darle de comer al ojo en esta galería del impresionismo?

No dejo de maravillarme cada vez que visito esta plaza de mercado alumbrada por cítricos amarillos y naranjas que se vuelcan al rojo de la fruta madura. Iluminada también por variados verdes que cambian como sus precios. Matizada por cáscaras cafés, por pulpas rozadas y cremas.

Cómo no sorprenderme sabiendo que esos variopintos colores vienen todos de la tierra negra de nuestros suelos, esa misma tierra que se incrusta en las hermosas y callosas manos de nuestros campesinos.

¿De dónde acá la tierra guarda el verde de un tomate y le daba las reservas para que se convierta en rojo cuando sea grande? ¿Dónde esconde esa tierra negra los cremas mezclados con verde de las copas de la coliflor? ¿En qué envase guarda la tierra negra los aromas con que manda a la albahaca para mi casa y que perfuman mi nevera cada vez que la abro? ¿De dónde el capricho del plátano verde de madurar junto con sus hermanos de gajo y vestirse de amarillo dulce?

Nada como ver ese espectáculo de color y olor. Nada como echar una papa más pacompletar el kilo y partir la yuca pa mirarle el almidón. Nada como pedir la cuenta y tomar rumbo a donde me esperan las frutas, nada como coquetearle a todas ellas y llevarme algunas para mi hogar. Ver, oler, vivir.