Montecristo, ¡Pobre Montoño ome!

Si la historia quiere vetar a Guillermo Zuluaga Montecristo, por los personajes variopintos que representaba en radio, que veten entonces todas las películas de la sicaresca antioqueña, todas las cintas de Víctor Gaviria, que veten y quemen de una vez por todas, esos dramatizados que recrean la Colombia de los 90, las novelas donde gritan, que dejen la mojigatería de ocultar tetas pero sí mostrar balazos a diestra y siniestra, sangre y asesinatos, que la televisión bogotana deje de usar la palabra “chimba” así Juanes le dé buena sazón, que dejen tanta palabraría en El Cartel.

Recuerdo que en los setentas quien era evangélico, marica o marihuanero cargaba un peso demasiado grande, a los homosexuales afeminados (los hay sin ser afeminados) se les decía locas y se les tiraba piedras, como le sucedía a Oswaldo Gómez, a los evangélicos se les huía y se les nombraba despectivamente, y a uno lo entraban para la casa cuando iba un marihuanero por la calle; pero mi formación me volvió impermeable a actuar de igual manera. Digo esto porque cuando montaba en bus rumbo a la casa a la salida del colegio, me tocaba escuchar todas las tardes a Montecristo y hoy no me burlo de nadie que sea diferente a mi. Dejemos al viejito caminar entre las nubes, que nuestro humor ya evolucionó, a excepción de También Caerás, programa de “humor” grabado desde Bogotá, donde la burla es el denominador común. Es verdad también que aún falta mucho por madurar, que aún nuestros chistes son regionalistas donde los pastusos salen perdiendo, donde el hombre de labio leporino es blanco de burla.

Pero sí rescato esa pregunta que nos hace Jorge Melguizo ¿De qué nos reímos los antioqueños? ¿De qué nos reímos los colombianos?

Siempre recordaré a Montecristo y siempre me quedaré con ganas de ir a verlo grabar desde el teatro América.