Mujer de Picasso en un colegio de Andes

Tanta perfección embriaga hasta el punto de generar intentos por vomitar. Tanto anhelo por perfección genera un cosquilleo en la garganta y una rasquiña donde habita el desespero. Tanto afán por la belleza, si al fin y al cabo, es objeto de interpretación personal.

Sé de hombres que gustan de las mujeres de abundantes carnes, sé de otro que gusta de las gordas en abundancia y de raza negra; unos gustan de las bajitas, otros, de las mujeres de ancas largas. Trabajé con alguien que gustaba de la mujer de caminado imperfecto, nalgas grandes y cuerpo defectuoso de mal terminado.

A pocas mujeres les escucho que busquen “muñecos”, care lindos, modelitos, ellas gustan mejor, de hombres interesantes, con cara de hombre, imperfectos, de barriguita. Muchas están casadas con la negación misma de sus sueños e ilusiones de juventud.

Toda esta introducción me permite expresar la belleza que percibo en este tipo de obras “imperfectas”, como el rostro de esta niña a la que llamaré Helena. Belleza no por su rubio pelo ni por sus celestes ojos, tampoco por su infantil vestido de cinco botones, bella por su reinterpretación casual, sin intención, pero que crearía una visión parecida a la del cubismo, esa de hacer tridimensional lo plano.

Me encanta la piel de sus piernas que se confunden con un pantalón y donde los zapatos no encajan en la pantorrila. Lindo su ojo caído, sus labios delieados, sus manos sin dedos, su color cálido. La miro y se me antoja imprimirla en gran formato, enmarcarla y colgarla en casa.

Foto tomada a una cartelera en la Institución Educativa San Juan de Andes, municipio de Andes, Antioquia.

Lo que no nos contaron de Caperucita

Nunca nadie supo que Caperucita contestó descaradamente “vaya usted” cuando la mamá le propuso ir donde la abuela, para llevarle panecillos, colaciones y otros bocadillos.

Aquí cabe decir que para la época, Caperuza tenía 18 años, edad donde el adolescente está harto de hacer mandados y espera, por fin, independizarse de la obligada mensajería familiar.

Nunca nadie supo que Caperuza no recorrió a pie el camino prohibido a casa de la abuela, que la joven tomó buseta y pidió autorización al conductor, para que su ingreso fuera realizado por la trasera puerta, ahorrándose así unas monedas que sirvieran luego, para ser invertidos en bisutería femenina.

Nunca nadie supo que la niña de cárdenos vestuarios, estuvo internada media adolescencia en internados y orfanatos, no porque fuera hija natural -que lo era-, sí por su permanente rebeldía. Caperuza era becaria del madre-solterismo y la ausencia manifiesta de padre alguno hizo de la niña, una terca e indomable mujer.

¿Quieres saber más de la inédita historia de Caperucita?

Escenas editadas en Caperucita Roja

Eliminada fue, la escena donde Caperucita pregunta por la colcha de retazos que cubre la cama de la abuela. Editada también, la parte donde le dice mañé a la vieja, por coser en croché una muñeca, para tapar el papel higiénico en honor a su nieta preferida -Caperuza no era hija única-.

Nunca fue contada al público, la escena donde la niña de saco rojo entra al baño de la abuela, que más parecía letrina, con el único fin de criticarle la tapa del bizcocho, hecha con chiritos que le sobraban de la costura.

Nunca nadie supo que al regreso, Caperuza llevaba bajo sus naguas una foto de Viruta y Capulina, autografiada por el binomio mismo, que la abuela exhibía orgullosa en el espejo de su neceser, simplemente que porque “Qué oso” en palabras de ella.

Jamás supo alguien, excepto su madre, que al regreso, La culicagada ésta, se regó en críticas, chismes y malos comentarios, de usos y desusos, de mañesadas y cosas pasadas de moda, “ay amá, y eso que no te hablo de la cocina, ese poyo estaba…” “¿Y el leñador ese siguió yendo donde mi mamá? ¡Má, ahí sí lo que te diga es mentira!

…Lo demás es pura paja.

El negrito aquel

Sigamos con esta saga involuntaria de los muñecos de la casa de mi madre y mi abuela -que es la misma-. Sigamos desnudando los secretos de las repisas que cuelgan en la paredes. Este negrito ahí donde lo ven, no es ningún niño -como creería uno-, no es ningún infante sin experiencia de la vida; este negrito, tan tieso y tan majo, tiene la bobadita de 55 años. ¿CINCUENTAICINCO AÑOS? así es, es todo un señor, hecho y derecho pero sin prole alguna. ¿Y por qué sus prendas desgastadas, como sarrapastroso? Pues te cuento que sus prendas tienen la misma edad que él, ropas que por cierto, hizo mi tía Sebastiana, a la que le encantaba muñequiar a cada momento.

¿Y el negrito es hindú o algo así? No nada, cosas de Sebastiana que lo vistió así. / Muñeco de 4 centímetros.

¿Querés ver más muñecas de la casa de mi madre y abuela?

Esa rubia cincuentona – ¡Barbie Snobista!

Este racimo de bellas rubias, de componente plástico, de modales congelados; goza de su primera jubilación en la calle Alhambra, zona de Guayaquil donde venden cachivaches de segunda.

Ellas, acostumbradas a despampanantes vestuarios de seda, a posar en bellos carros de juguete y a ser peinadas cada día; desfilan de modo quieto, en un puesto ambulante donde venden carajadas usadas, desbaratadas o malas.

Ellas, las Barbies, acostumbradas a mezclarse solo entre ellas, que no permiten el roce con muñecas sin abolengos ni marcas, les tocó esta vez untarse de pueblo ajeno y barato, untarse de marcas criollas y pelambres variopintos.

Hoy les tocó aceptar amistad con barbis de falsa monta, con muñecas de ojo picho y “que ni me pongan al lado una de esas de trapo” murmura una de ellas.

Esas son las barbis de Alhambra. Humilladas y sentenciadas al sudor de sus pares, sin marca. Destinadas a mostrar la decadencia de su propio consumismo. Vanidosas, creídas y todo lo que eso conlleva, y aún así fueron olvidadas.

¡Barbis esnobistas! – Yo prefiero las de trapo / Pero debo reconocer le poder que tienen y cómo tienen a grandes diseñadores, tejiendo para ella.

Sonrían pues, digan güisqui a ver

Tímidas ellas, muñecas tristes, relleno de trapo, un ojito “apachurrado”, puchero enojado. Un policía desarrapado, mostacho cincuentero, atalaje casero. Bailarina de dos velos, de cabello rebelde. Un súperman ajeno y una religiosa monalisa…

No te limpiés la boca carajo que te borrás el mostacho. Ponete sandalias que a pie limpio no salís. Quitate esa carajada de la cara que no sos nevera pa pegarle pendejadas. Peinate verónica, qué son esas mechas. ¿A vos también te dio por pegarte chicles en la frente?. – No es un chicle. La misma vaina, no sé quién te enseñó esas mañas.

¡Ay Zoila, dejá esa cantaleta! Mirá esos pobres que ni sonrisa mantienen. Si los vas a sacar, sacalos bien… y no los zarandiés que ellos no caminan como vos. Mirá ques el único día que se les puede dar dulcesitos. Consideralos boba, que no van a pagar ellos, por solterona vos.

Plaza de las “Luces” (Qué risa) / Hermosos niños de linda alma, bajo el cuidado de dos madrinas. Sólo extrañé la sonrisa en cada uno de ellos. Aún así son bellos. Octubre 31 de 2008

Las 11 nietas de Petronila

Ninfa, Chila, Yolanda, Pecosa, Melisa, Luz Mila, Cristina, Patricia, Aura, Geronia y Costanza… todas hijas del difunto Toribio y Petronila, matrona de la región. Todas ellas hechas en el mismo pilón y nacidas con dolor de parto con la ayuda de Maruchenga la famosa solterona, partera del pueblo.

Alegres ellas, mujeres todas, ninguna ha conocido hombre y como van las cosas jamás lo conocerán. La misma Petronila confecciona sus vestidos, les obliga el diario rosario y la molida y amasada de las arepas de mote. Pero ellas viven felices, sin conocer las mieles del hombre y sin estrenar el lecho, pilón hacedor de hijos.

Petroniiiiiiilaaaaa, grita la vecina… dejá  a esas muchachas salirrrrr, vecina, queeeunn díaaaa se te van a volar e hinchadas volverán, con un bastardo nuevo y con un corazón ajeno. Dejá salir muchacha a esas vergajas, que vos estás muy vieja y ni nietos te quedarán.

Venta de muñecas en un puesto de artesanías en San Antonio de Pereira, Rionegro – Antioquia.