Retención legal de uno mangos maduros

Varias centenas de mangos esperan, presos, la bondad de algún comprador viajero. Se vistieron de cálida gala con cáscaras naranjas, rojas y amarillas, haciendo uso de unos verdes que juegan en contraste. Apiñados, algunos de ellos se asoman por las endijas que dejan las barras que apresan, avisan a los de más adentro que se acerca un comprador viajero, temen quedarse allí para siempre, madurar y ser olvidados.

Las barras de la guadua, remachadas con tapas de gaseosa que hacen de arandela fija, privan a la centena de mangos de su libertad, los atajan, los castigan, los ordenan, los privan de viento y de pájaros amigos. Pasarán los viajeros, unos preguntarán cuánto cuestan y con mala cara seguirán, otros se llevarán otra caja, otros quizá, se los lleve a ellos.

Venta de mangos en la vía Medellín – Neiva a la altura de Mariquita.

Artesanías desde Neiva, Huila.

A quienes me decían: “…espere y verá, que ya con hijo ahí se le acabó la paseadera”, a ellos les cuento que el infante Jacobo Múnera López nació con alma de gamín, no se le arruga a nada, no llora, no pone pereque. Si se ensucia se le baña en borde de carretera con agua chorreada de botella, suspira si está fría y no más. Ventanea, brinca dentro del carro y si se le saluda desde afuera con un adiós de mano, se ríe que da gusto.

A los que decían que con niño a bordo se nos acababa la paseadera les informo que desde el mes de nacido, Jacobo ya conoce: Támesis, Jericó, Manizales, El Retiro, Amagá, La Ceja, Rivera, Neiva, Rionegro y otros que no recuerdo. En la última imagen, Jacobo en Doradal agarrando el tarro de agua con que lo bañamos vía a Neiva. ¡Tan maluco que es pasear!

Artesanías de Neiva, Huila. Malecón al borde del río Magdalena.