Mujer de Picasso en un colegio de Andes

Tanta perfección embriaga hasta el punto de generar intentos por vomitar. Tanto anhelo por perfección genera un cosquilleo en la garganta y una rasquiña donde habita el desespero. Tanto afán por la belleza, si al fin y al cabo, es objeto de interpretación personal.

Sé de hombres que gustan de las mujeres de abundantes carnes, sé de otro que gusta de las gordas en abundancia y de raza negra; unos gustan de las bajitas, otros, de las mujeres de ancas largas. Trabajé con alguien que gustaba de la mujer de caminado imperfecto, nalgas grandes y cuerpo defectuoso de mal terminado.

A pocas mujeres les escucho que busquen “muñecos”, care lindos, modelitos, ellas gustan mejor, de hombres interesantes, con cara de hombre, imperfectos, de barriguita. Muchas están casadas con la negación misma de sus sueños e ilusiones de juventud.

Toda esta introducción me permite expresar la belleza que percibo en este tipo de obras “imperfectas”, como el rostro de esta niña a la que llamaré Helena. Belleza no por su rubio pelo ni por sus celestes ojos, tampoco por su infantil vestido de cinco botones, bella por su reinterpretación casual, sin intención, pero que crearía una visión parecida a la del cubismo, esa de hacer tridimensional lo plano.

Me encanta la piel de sus piernas que se confunden con un pantalón y donde los zapatos no encajan en la pantorrila. Lindo su ojo caído, sus labios delieados, sus manos sin dedos, su color cálido. La miro y se me antoja imprimirla en gran formato, enmarcarla y colgarla en casa.

Foto tomada a una cartelera en la Institución Educativa San Juan de Andes, municipio de Andes, Antioquia.

Amigas en arrastraderas y a pie limpio

¿Y usted questá ciendo a pie limpio en la calle? Meacel favor y pa entro, y póngase hacer tareas más bien. ¡Ehhh! Vena este pues, dizque andando descalzo como si no tuviera zapatos, o siesque no tiene, diga ver pa irle comprando unos.

 

Y ahí se le acababa la sonrisa a uno. Terminaba el ratico libre para los pies y terminaba esa alegre algarabía de las tardes en épocas de colegio. Las calles quedaban vacías porque las madres de los que jugábamos se unían cual cofradía a entrarnos a todos.

 

Mamá buscando cualquier oficio qué ponerme, miraba entonces mis cajones y repetía como siempre: “Vea qué desorden, hasta culebras debe haber ahí”. Y muy sí señor, me tocaba sacar todas las camisas y doblarlas de nuevo con el ritual que me enseñaron. Si eso no satisfacía a mamá, entonces seguía con la trapiada, tres pasadas para ser exacto.

 

Pero usar zapatos también era un problema a veces cuando jugaba… esa se las cuento después.

En la imagen: Combo de amiguitas en Sopetrán, Antioquia.