Los rituales de despedida

Se quema el sahumerio, se quema el muñeco de año viejo, se queman las cartas viejas, se queman  las ropas malas, se quema la pólvora, se queman los malos ratos, se queman los demonios internos, se queman los diablos externos.

Se sacan las pulgas viejas, se aplastan las cucarachas que amañadas, reposaban debajo de la cama. Se cambia la vacenilla de peltre, se parcha la olla vieja. se cambia la tierra en menguante, se regala la ropa vieja, se remienda el bluyín de Albeiro.

Se saca el colchón manchado, se cambia de sábana el treintaiuno, se buscan las telarañas para enredarlas en el palo, se bañan las paredes sucias, se remonta la tapa mala de un tacón rojo y su par, domingueros de Susana. Se quema eucalipto, se barre y se trapea siete veces.

Se le echa olor a la casa, se prende una vela, se come la uva, se le da la vuelta a la manzana con tres petacas llenas de nada, se llama a la amada, al vecino de otrora, a la comadre vieja. Se abraza, se besa, se llora. Se le dice adiós al año viejo.

Se bebe, se emborracha, se quema. Se matan, se ríen, se queman. Cinco pa las doce y se sale a la calle, se echan Maicena, se le da guaro al desconocido, se invita, se convida, se quedan, goterean y lloran. Se pelean, se matan, se ríen.

En la imagen: lote con basura en el sector de Niquitao. Medellín.

Casas que espantan

Cada día a las cuatro de la tarde sale doña Otila a recibir el sol del poniente, para calentar quizá, esa blanca piel que parece ya translúcida. Sale a las cuatro y hasta faltando un cuarto para las cinco ella se queda saludando a cuanto transeúnte pase por estas olvidadas calles de Niquitao.

Doña Otila y sus cuatro hijos, salen siempre, como de manera religiosa, a mostrar su mueca dentadura a manera de sonrisa. Sus tímidos hijos se entran al inmediato pasar de algún forastero y más pálidos ellos que su madre, conservan aún esa gélida sonrisa que los caracteriza.

Ayer pasé por allí a las 4:08 de la tarde y pregunté a los vecinos del frente si ya había salido la doña a su acostumbrado ritual, pero Rosalía vecina de toda la vida, me dijo que Otila había muerto hace ya diez años, junto con sus hijos en el famoso incendio del barrio.

Fachadas en el sector de Niquitao en Medellín. El bahareque le da paso rebelde a las nuevas construcciones que la Alcaldía de Medellín tiene planeado para el sector.

La verdad es que en estas casas aún se ven personas que entran y salen. Translúcidas figuras envueltas como en la espesura del humo. Humo del bazuco y la marihuana, no se puede negar.

No estaba muerto, estaba de parranda

Al parecer las cosas marchan bien en la Feria de las Flores. Este mural se encuentra en el sector de Niquitao, en uno de los costados del cementerio de San Lorenzo. Quizá eso digan los cuerpos inhumados que en el cementerio reposaban y que fueron entregados a sus parientes vivos, los demás restos reposan en el cementerio Universal, donde abunda mucho N.N.

No es que no estén los muertos, es que se fueron de parranda. Niquitao 2008.

Casas selladas por el tiempo

Ya no tocan la puerta, ya no se sientan los niños en el quicio de la puerta y el alar no alcanza para formar cortinas de agua cuando llueve. Ya nadie abre y se asoma por el pestillo.

Ya la piedra que trancaba la puerta no volvió a trabajar en esa casa. Ya la aldaba no suena pegando en la madera. Ya no hay que trancar el portón ni echarle llave para dormir tranquilos. No se volvieron a lavar cortinas, ni se asoma ya la que daba limosnas. Ya la manigua está creciendo y la madera esta muriendo. Ya se fueron los que allí vivían.

Dos de entre muchas casas del sector de Niquitao en Medellín, un sector que conecta con el barrio San Diego. Zona actualmente en transformación debido a la construcción de la institución educativa San Lorenzo, nombre del cementerio ya clausurado. Sus calles están cambiando, sus fachadas y quizás su gente.

Aunque aún es visible el comercio de droga y el consumo de la misma en el sector.

Palabras para rescatar: Quicio, aldaba, pestillo