Calixto seguirá escribiendo Nubes Arriba

Hacia la casa del Padre

…Los discípulos de Cristo aprendimos, iluminados por la resurrección del Maestro, a celebrar de un modo propio, el hecho de la muerte. “Porque la vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, sino que se trasforma y la deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”.

Pero además de la fe, los amigos y el tiempo tienen el poder de suavizar nuestra pena.

Un verdadero amigo nos apoya, animándonos a seguir adelante. Y el tiempo cura, poco a poco, todas las heridas del alma.

Vale entonces pensar, delante del Señor y en compañía de quienes nos aman que morir es empezar a vivir otra vida. Decía san Agustín: “Nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”.

Texto e imágenes tomados del sitio web del Padre Gustavo Vélez Vásquez -Calixto-, capítulo “Hacia la casa del Padre”.

El padre Calixto, de 79 años, era sacerdote de los Misioneros Javerianos de Yarumal.

Dejar huella

Entramos a este mundo dejando la huella del dolor en nuestras madres, y dejamos huella al mamar de su pecho, dejamos huella en álbumes caseros. Crecemos y vamos dejando huella en las sillas del colegio, en sus paredes, en los tallos testigos de llantos y de amores.

Dejamos huella en algunos corazones adolescentes, en calles, aceras y rincones, en los postes donde contábamos para escondernos, en las últimas hojas del cuaderno, donde rayábamos decenas de veces nuestro nombre o el nombre de la enamorada o los deformados corazones en bolígrafo rojo.

Quedaron huellas en los pastos de la universidad y en la fotocopiadora quedaron muchos de nuestros peso$. En la tienda quedaron algunos fiaos por pagar, y en las ventanillas empañadas de los buses dejamos nuestro nombre escrito a dedo. En otras familias quedaron nuestros juguetes y algunas de nuestras ropas. En la peluquería quedaron miles de pelos muertos.

Dejamos huella en los que se fueron yendo, en los que alguna vez entraron y no siguieron viniendo, en la visita que se fue bien atendida, en los ojos de esa persona que nos miró con coquetería. Dejamos huella en las suelas de sandalias y zapatos. Dejamos saliva en cada hoja de los libros leídos, en cada pocillo que nos acompañaba, en cada taza, en servilletas y manteles.

Hemos de nacer de parto cualquiera y dejar huella de amor y de sonrisa, en madre, padre, familiares y amigos, en vecinos y en cada ciudadano que, anónimo, deambula por las calles. Hemos de morir dejando recuerdos regados por doquier, dejando risas y pelos regados por cualquier parte. Hemos de volver al polvo dejando más vida que muerte, dejando una fiesta por la existencia vivida y nuevamente, por la sonrisa heredada.

Un pensamiento, a propósito de la muerte del Padre Gustavo Vélez Vásquez -Calixto-, a quien conocí personalmente en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid, donde le publicaba en la página web, sus columnas de domingo. Compañero de trabajo en Televida.