Toño y Cipriano, no comen de aquello

Toño y Cipriano, ambos de Palermo, corregimiento de Támesis en el Suroeste antioqueño.

No es desconocido para la comunidad, que este par de criollos, resultado de una gran cantidad de cruces entre razas bajas, no gocen de los humores traseros de las hembras de Palermo. No han sido pocas las veces que los han visto montándose el uno al otro, cosa mal vista entre dueños ortodoxos.

Pero qué hay de estos, que son vagabundos. A estos, quién podrá decirles algo si son dueños de sí mismos y de su tiempo, del cual no son conscientes. Aun así, Toño, de un rubio popular y Cipriano, de pelambre negra llevan sobre sí, la carga del rechazo de los pobladores de Palermo, que interpretan como una sarna rara y escasa, los gusticos poco comunes de estos dos amigos, si se les puede llamar así a dos perros que no tienen consciencia de la existencia; pero que gozan de los mismos parpadeos somnolientos que gozan los viejos después del tinto de la tarde.

Agapito, el guardia de Palermo

En el atrio de la iglesia de Palermo, corregimiento de Támesis en el Suroeste de Antioquia, hay un guardia murrapo él, que desde el atrio observa la entrada de fieles al templo. Es Agapito, un pequeño criollo montañero, guardia y vigilante al servicio del Señor.

Se cuenta que por las calles de Palermo caminaba uno de esos loquitos que cada pueblo adopta, y que fue él quien adoptó a Agapito Once Varas desde que su madre, perra gamina y ambulante, murió en el mismo parto. Agapito pues, defendió a su amo, de los niños que de él se burlaban y piedra le tiraban. Una de esas piedras lo mató y como Agapito vio que llevaban el cuerpo de su dueño al interior de la iglesia, Agapito lleva así cinco años esperando que el loquito que lo amamantó de amor desde cachorro, salga pues por él, pa seguir dando vuelticas por el pueblo. Sin embargo, Agapito no mira para dentro de la iglesia, sino que mira a la distancia, buscando al infante que lanzó aquella piedra. Agapito lo busca para perdonarlo.

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