No volvieron a volar las palomas

No volví a ver las palomas que en el barrio volaban, las ví sí, una vez, muy “amuradas” frente a su casita, encima del techo de la casa de Juan Carlos. Y no la llamemos casita, digámosle de una vez: palomar, para que no salgan las protestas.

Yo, que mantenía en los techos de mis vecinos, matando la soledad de mis tardes, allá en el municipio de Bello de mi adolescencia; me subí de una vez por todas para matar la curiosidad del escaso vuelo de las palomas del barrio. Me subí desde el techo donde vivía Edwar, al frente de mi casa y caminando por las tejas de barro, convexas ellas para hacer de canoa -si se pisan las que están dispuestas de manera cóncava se hará un daño mayor-, caminando, decía, llegué al palomar construído de retales de madera y ví que alguien les había diseñado una puerta a cada celda del palomar.

El único problema en aquel diseño, era que la puerta no abría, no cerraba, que estaba dispuesta para no dejar salir nunca jamás, a dos pichones de palomo, que reposaban su muerte, sus huesos y sus hormigas, dentro de una encerrona sin salida, en lo que antes fuera su casita, como lo dije al principio. Nunca dudé, que fue Juan Carlos quien los mató.

Nunca más volvieron las palomas a Cabañitas. Cucaracheros tampoco volví a ver y de Golondrinas ni hablemos, parece que allá se extinguieron.