Los traguitos de la mañana

La radio se enciende y las músicas campesinas suenan en algún punto del dial, algunas con temas cotidianos, otras, con temas picantes: suena la guasca. Antes que mirarse al espejo, antes que desahogar la vejiga; se enciende la estufa, de gas, de energía o de leña y se “levanta” la aguapanela, el tinto o el ‘cocholate’ como dice mi abuela.

Una vez hervida la bebida, los durmientes terminan su jornada horizontal y se acercan al comedor más acojedor de las casas de antes: la cocina. No valen las vajillas, las sillas o la madera de la mesa, lo mejor es acercar cualquier butaco, ‘burro’ o silla y tomarse esos primeros sorbos que despiertan el día: los ‘traguitos’.

Así, al calor humano de la familia y en medio del humeante vapor del tinto* que se escapa, se comienza el día, se cuentan las noticias narradas por la primera que se levantó y que ya se enteró de pormenores, se opina, se ríe y se disfruta. Unos vuelven a la cama para seguir en la pereza o ‘cochita’ que llaman, otros al congelado despertar bajo el agua, otros u otras, a barrer en la primera pasada.

Tinto: café en porción pequeña.

Papitas fritas de la calle

* Má, yo quiero papitas.
– Rosalba por Dios, ya no estás comiendo cono, pues.
* Ah, Má, es que me antojé de papitas con criollas.
– ¡Ay mija, pues, quiéralas mucho porque ya plata no quedó!
* ¿Y los diezmil pesos que me dio mi padrino?
– ¿Cómo que diez mil? ¡no pagamos pues la cuota de sus botas!
* ¡Ay no Má, las botas eran un regalo de mi papá!
– ¿Su papá? juajuá, el sacó esas botas y no las pagó y me tocó a mi abonar cinco y sus diezmil, ahí están.
* ¡No, qué pereza! ¿Y entonces mi regalo de quinces?
– Andá, pues, Rosalba, comprate unas papitas, y unas combinadas para mí.

Venta de papitas en Támesis, Antioquia.