Neologismos en las calles

Qué cosa más rica es “Carabobiar” que significa transitar, caminar, vitrinear y disfrutar de la carrera peatonal Carabobo entre Colombia y San Juan. Y Carabobiando por ahí, me encuentro con que cada año se ponen de moda, por épocas, ciertos juguetes o adminículos que se reproducen con una velocidad increíble entre vendedores ambulantes. Lo curioso es quién “bautiza” por primera vez tales creaciones para que luego cientos de vendedores a viva voz, griten a la venta, los nombres de estos juguetes.

La manito que rasca. Adminículo para rascarse la espalda allá donde no se alcanza, cuando no se tiene pareja y si se tiene, no colabora ella en el menester del rascado.

El Taqui Taqui. Juguete para embobar niños y adultos haciendo trentaiunas intentando chocar dos bolas unidas por un eje.

El Vaivén que ilumina. Se trata de una pelota “desestresante” a la cual se le amarra un resorte. Sirve para tirar la pelota y recuperarla con el resorte que va amarrado a la mano. Hay Vaivén sencillo y Vaivén que ilumina, este último es una pelota en polímero en cuyo interior reposa un circuito y un Led que responde al golpe iluminando. (LED, díodo emisor de luz). Se encuentra en su furor.

El imán relajante. Dos piedras imanes desesperantes que no sé a quién relajan. Se trata de dos piedras imantadas que deben ponerse en polos iguales antes de ser lanzadas al aire, para que las piedras, al tratar de buscar su polo opuesto, se choquen produciendo un sonido de avispa amplificado, pero al ver decenas de vendedores en el centro haciendo lo mismo, crea un desesperante sonidito repetitivo envolvente que en vez de relajar, desespera hasta el desquicio.

De todos, La manito que rasca, me parace el mejor nombre de todos estos inventos. Claro y contundente.

El Baúl de los Juguetes – Crónica

A la una…

 

Un niño arrastra un carrito de madera, tirando de una cuerda en plena Alpujarra. En Moravia, Yovany juega con un carro hecho de una lata de gaseosa con ruedas prestadas de algún camión extinto. Yoanina acaricia el viento con una veleta y Dubian le puso tapas a una cajetilla de cigarrillos para hacerla rodar. Juan Diego y Nicolás lanzan bolas a una caja con madrigueras.

 

No puedo dejar de sorprenderme al ver tales juguetes, eclécticos modelos creados de la necesidad de sonreír por horas. Alegres adaptaciones que demuestran ingenio y creatividad. Mientras jueguen, los niños no saben [C1] de pobrezas aunque vivan en ella, no saben de mercados menguados o del devenir de cuentas por pagar. Ellos son ingenio e inocencia, desarrollo y acción, originalidad y pasión.

 

Paralelo a esta clase de juguetes llenos de recursividad y de afanosa necesidad, están los que llenaron nuestra niñez de inmensa alegría, pequeñas realidades impresas en láminas de hojalata, simulaciones fantasiosas de la cocina de mamá, aviones de pila mediana que cambiaban de ruta al primer choque, sirenas ambulantes, juguetes de cuerda. Es que hasta destapar las salchichas enlatadas era todo un juego; insertar la llave en la pestaña y dar cuerda alrededor de la lata para compartir con tu mejor amigo el frío manjar.

Continuar leyendo