La Piel de la Cebolla

Por: Daniel Botero Arango
Especialista en Periodismo Urbano – U.P.B.

Para conocer la piel de la cebolla y su proceso de posterior desnudez natural hay que ir a la Plaza y comprobarlo en las manos de su vendedora que, seguramente, fue quien la reservó hasta hoy que la compro, en este mercado popular al aire libre, donde hay ambiente de fiesta, donde la gente conversa, regatea, degusta antes de la compra para comprobar la calidad; donde unos y otros se llaman por su nombre, se miran y se tocan. Ella, con su sabiduría campesina que ignora los discursos del servicio al cliente, el mercadeo “one to one”, la disposición de productos y que, seguramente, no ha pisado un hipermercado de nombre impronunciable, goza de la presencia de sus clientes, a los que hace sentir como sus hijos cuando les recomienda lo que deben llevar y cómo lo deben manipular para aprovecharlo de la mejor manera.

Esas manos ajadas y esas uñas con la tierra de esta mañana cuando arrancó las cebollas para exponer en la Plaza, se confunden con la piel de la cebolla que me habla de una tradición, de una historia que no se detiene con mi regreso de Jericó, donde quisiera permanecer. Ella se puso su mejor vestido, las últimas aretas que compró y su infaltable e impecable delantal blanco, que apenas se acabó de secar hace una horas antes de salir de su casa en la vereda Castalia. Vuelvo y la miro y no puedo evitar el recuerdo de mi abuela con su delantal cuando preparaba galletas y Marialuisas en la casa de Barrio Prado. “Cuánto es que va a llevar, mijito”, me pregunta mientras caigo de mis recuerdos; “lo que le falta por desvainar”, respondo todavía obnibilado, porque realmente lo que quiero es que continúe su arte de pelar la cebolla con esa mística, con esa gracia, con esa pasión que sólo se vive en la plaza de mercado popular.