¿De dónde tanta carajada?

Hay que decir que fui criado cuando no existían los centros comerciales, a excepción de San Diego, primer centro comercial en Colombia allá en el 73. Que ante la inexistencia –por fortuna- de dichos seudo-parques del modernismo -¿posmodernismo?- mi territorio de diversión se enmarcó en las calles del centro de Medellín como El Palo, Avenida Oriental, Argentina, La Playa y parques de Berrío y Bolívar, Juan del Corral y Bolívar -donde me compraban el Kokorico-.

Que en las calles antes mencionadas, solo se ven transacciones adultas, perifoneos ambulantes, aceras dominadas por el comercio informal y cientos de olores y sudores de salario mínimo, todo ello, alimento maduro para una mente infantil.

Que ante la ausencia de nana que cuidara al púber, fui encomendado para acompañar de manera juiciosa a mi abuela Juana en todas sus visitas. Que en el lugar de las visitas no había niño alguno para emparentar alguna amistad, y que por ello, me tocaba escuchar las conversaciones de adultos con todo su imaginario correspondiente.

Que fui, además, vestido con cortes de terilene y frescolene –tipos de telas- con los colores que los años 70 disponían –para nada infantiles-, mi cabello fue peinado de lado por largos años y combinado el corte con unas zapatillas blancas. Que las visitas que llegaban a mi casa, traían pan y demás parva, pero nunca un niño para con él jugar.

Es decir, el imaginario de este bloguero, fue alimentado por imágenes, voces y olores adultos, fue sazonado –deliciosamente- por la bella tradición oral de cuentos, tramas y relatos de boca de mis tías abuelas, fue configurado por los intercambios de la palabra con adultos de origen humilde y en algunos casos, de tradición rural.

Hoy en día, con algunas excepciones, mis amigos son mayores que yo. Ello, me enriquece cada día, me da alegría y me genera el reto hacerlos evocar con cada recuerdo mío.

Foto: Parque de Támesis.