La mirada que introyecta

La espera, en cualquier lugar, nos invita a la meditación, a masticar pensamientos, a tomar decisiones, a atar cabos, a buscar culpables o a declararlos inocentes. Esa meditación nos lleva de la mano, a veces, hacia pasajes oscuros de nuestra vida, olvidados, recuerdos vestidos de sombra junguiana; otras veces, nos trae a la memoria momentos gratificantes, atemporales, vigentes como la sonrisa de la niñez o de un primer amor, o de un galardón escolar o de alguna izada de bandera como premio al ego. ¿Qué se mira cuando tenemos la mirada perdida? En la foto: mujer en Salento, Quindío.

Ojalá este blog no fuera solo de escritura mía y se unieran más colaboradores permanentes que dejen otras visiones diferentes a las mías ¿quién se atreve? Por el momento y en la semana de Colombiatex, les dejo una descripción de Beatriz Arango (@quemepongobea), de El Colombiano y del blog ¿Qué me pongo?, acerca del vestuario de la mujer de la foto.

“Veo un look de aires masculinos. Parece que, sin intención, propone un atuendo divertido. Masculino, en tanto lleva chaqueta tipo blazer y pantalón oscuro. Sin duda, este es el año de los estilos masculinos. Los zapatos colegiales le aportan comodidad y las medias blancas gruesas le dan proteccción. Lo femenino no se esconde, al contrario, se multimplica en los anillos de la mano y el color de las uñas y en el “atrevido” color turquesa de la chaqueta.

Modos de pensar ante la cosa misma

Un estudio estratigráfico nos diría que esa casa ha tenido tres colores desde que se modernizaron poniendo timbre: 1. Pintura existente cuando el timbre se puso (timbre sin pintar), 2. Azul turquesa, 3. Amarillo ocre.

Un niño simplemente diría: “¡Ah! Qué cuca* pegar un chicle ahí y salir corriendo”

La dueña: “Hay que echarle otra manito de pintura a la casa ¿quién nos hiciera ese trabajo?”

*Cuca: bueno, agradable.

“La sociedad del semáforo”

Es definitivo. Presto el nombre de la película colombiana, La Sociedad del Semáforo, escrita y dirigida por Rubén Mendoza, para resaltar la tremenda frase que me encontré en Armenia cuando el rojo de un semáforo me llevó a asombrarme de semejante estrategia de comunicación: pobreza, abandono, lucha, esperanza, dolor, familia.

“Frente al miedo, la vida nos dio un giro de ciento ochenta grados. No estábamos preparados para esto: dos años en el semáforo.

Papá: nosotras cuando estemos grandes le compramos un semáforo”.

Semáforo en Armenia, Quindío. Nadie posaba cerca ni pedía ni quién respondiera alguna duda.

Un paseo por las tierras del café

– Berenice ¿qué le llevamos a Raquel de recuerdito del Quindío?
* ¡Ay no sé querida! llevémosle una ‘chivita’ de aquellas ¿no?
– ¿A cómo serán? ¿serán muy caras? porque tiene que ser algo baratico mija.
* Entonces llevale desos Willis que están ahí abajito.
– ¿Esos tan chiquitos? Ay no qué pena, qué dirán que uno tan amarrada.
* ¡Ah! es que son 15 personas a las que hay que llevarle recuerdo, mija.
– ¿Será que les llevo desas mulitas que llevan café en el espinazo?
* No, mija. Están como macheteritas ¿cierto? ¿o no?
– ¡Ay! pues no le llevés nada a ella. Al fin y al cabo ella ni sabe questás por aquí.
* Pues sí, tan boba ques una.

Artesanías de Montenegro, Parque del Café, Quindío.

‘Hippies’, una especie en vía de extinción

“Cuando vaya a publicar la foto, ponga: especie en vía de extinción”. Fue el permiso que me dio Huayra, como se hace llamar este hippie, amigo de la vida y de la tranquilidad. Realiza su labor de bolsos en cuero en Salento, Quindío, población que vale la pena visitar -con dinerito en el bolsillo- porque de seguro se antojarán de alguna manualidad, artesanía o manufactura.

Muchos hombres de poder trabajan duro, durísimo, muy duro, para poder tener el futuro lo que estos hippies tienen en el presente: TRANQUILIDAD, FELICIDAD. Huayra es un mantodo bien‘, amable, buena gente, de seguro tiene mucho por enseñarnos.

Como ya está la cámara otra vez bien, a viajar se dijo. ¡Pa la envidia de muchos!

A empujar Willyz en Salento

Se pagan mil pesos y se montan los niños con la espectativa de rodear el parque con su mirada y su alegría. Viajan ellos cargados de sonrisas haciendo el papel de grandes. No imaginan que en la adultez, odiarán algunos, montar en bus, pagar pasajes, esperar devueltas, escuchar insultos, esquivar muchedumbres, asirse al tubo, sudar por otros y respirar sudores, escuchar chismes, asemejar a semovientes. ¡Pare que yo me bajo aquí!

Carrito para empujar en Salento, Quindío.

Cúcara, mácara, títere fue

Nos mueven, nos manipulan, nos hacen creer bondades, nos dejan ver su rostro pocas veces, se rien para fuera. Se hacen grandes, se toman fotos en contrapicado, se maquillan -para la foto y para la vida-, nos ocultan el interés.

¿Que si soy un ser político? Claro que lo soy y por ese mismo motivo entristecen las verdaderas y personales motivaciones de algunos políticos: engordar el peculio, acrecentar la masa económica, engordar.

¿Dónde están la trasparencia, la bondad, la misericordia, la verdad, la vida, la entrega, el ser social, el verdaderos ser político?

El dinero es un abstracto que domina a muchos, que roba el tiempo de los hijos, que carcome a quien no lo sabe dominar. Busco un político que no tenga copy, que no tenga slogan, que no tenga frase de cajón para llamar la atención, busco uno que haga negocios de palabra.

Si Dios quiere vuelvo: Juanita

Mi primer recuerdo de tarifas de bus es de 3.50 (tres pesos con cincuenta centavos). Me los daba mi mamá o mi abuela para que me sintiera grande pagando el pasaje. Recuerdo también intentar recojer de manera infructuosa, monedas de 25 centavos, doradas; infructuosa, porque las pegaba el busero en el piso como adorno del bus. Recuerdo el timbre de cuerda, una piola o alambre que recorría todo el bus de manera longitudinal, el cual, uno halaba para hacer producir el sonido que avisa la necesidad de parada. Recuerdo la manibela horizontal con el que el conductor abría mecánicamente la puerta.

Otras cosas aún las veo: rayones, teléfonos, silletería cortada a navajazos, quejas y golpes insistentes de parada y algunos conductores primitivos que nunca cambiarán.

Avisos en buses y busetas (cuando pegaban avisos):

  • Aquí se trabaja con berraquera y, así mismo, se aguanta hambre.
  • En mi casa mando yo, pero la mano al bolsillo.
  • Si hoy va de afán, mañana madrugue más.
  • Si salió tarde no es culpa del chofer.
  • Pague con sencillo, siga por el pasillo y cuide su bolsillo.
  • Es un acto de cobardía dañar la cojinería.
  • De su cultura dependen los machetazos.
  • Aquí se raja de todo el mundo pero no se le sostiene a nadie.
  • No soy dólar pero subo y bajo.
  • Si su hija sufre y llora es por un chofer señora.
  • Si el niño es hijo del conductor, no paga.
  • La virginidad produce cáncer. Aquí, puesto móvil de vacunación.
  • Si le gusto el timbre pidale uno al niño Jesús.!

Fotos tomadas en el Parque Nacional del Café, Quindío. Más avisos de bus en Lo Paisa.com

Las chivas de Salento, Quindío

Los tiempos han cambiado. Para salir de Medellín en viaje inter municipal, había que ir a un garaje en la zona industrial de Medellín, pues, las terminales del Norte y del Sur no existían aún. Era un atracadero eso allá. Una vez te entregaban el tiquete, te decían en que bus debías montarte. Uno se asomaba y deseaba con intensidad que le tocara a uno viajar en Pullman y no en esos buses de rejilla atrás.

Luego llegó el ThermoKing y su hermoso corte aerodinámico, más tarde, el Rey Dorado y quedamos deslumbrados con el Scania de doble televisor y baño bajo nivel del piso.

Con el Pullman, había que ser pacientes con la continua paradera, pues no tenía baño, quién iba a pensar en un bus con baño. “¿Don señor, para, para orinar?”. Si el conductor estaba de buen genio, lo dejaba bajar a uno hasta la carretera, junto a los pastizales para esconder lo que siempre escondemos. Si el chofer estaba mal genio, no paraba “hágale ahí desde la puerta” y era cuando uno jugaba con malabarismos para no mojarse a sí mismo.

Pasear es muy rico en todo caso. Chivitas para empujar en Salento, Quindío.

Un elegante caminar en Salento, Quindío

Caminando va, sin temer final alguno. Feliz ha sido el hombre que en elegante atuendo marcha rumbo a la agonía de un atardecer en Salento. Ha crecido, ha caminado, ha transformado sudor en pecunio, estipendio pago a tantas mañanas de lucha.

Se vive, se camina, se tiende la cama, se calza los pies, se anda descalzo, se orina de pie, a veces sentado que hace bien a la próstata; se amarra los cordones, se lava las manos, se trabaja, a veces no; se toma café, se toma aguapanela, se come arroz, se conversa con el vecino, se respira, se mira para arriba.

Se camina, se encuentra con el que no pensaba y lo saluda, se sienta en el parque, se hace nada, nada se hace, se pone de pie, se regresa, se rie, se besa, se sienta en una mesa con años encima, se toca el mantel, se juega con la caída del mantel, se come, se deja un sobrao, se pide más sobremesa, se acuesta.

Se echa la cobija, se juega con el pie en la cobija, se intenta dormir, se recuerdan los mejores momentos: una niña que pasaba tomada de la mano de su madre que lo mira y se sonríe con él, coqueta, amor infantil, de abuelo y nieta.

Se cierran los ojos.

Salento, Quindío.

Bendita panela de nuestra niñez

Bendita panela de nuestra niñez, llenaste nuestros teteros casada con leche, nos diste a beber de tus mieles, producto de la tortura de tu cuerpo de caña.

Bendita panela que llenaste buches con hambre, recibías en tu seno concavo de taza, las migas de siete galletas o dos tostadas, endulzaste nuestros paladares en tardes de algo.

Bendita panela que tanto te amamos, mientras las actuales barriadas tanto te desprecian, no saben que fría, que tibia, que caliente; entras por el guargüero como la miel que eres.

Actor chupando una gran colombina de panela, en representación artística en Salento, Quindío. ¡Tan maluco ques pasiar!

Un texto de Mikibastar, otro bloguero…

Salento, la meca de los artesanos

Pilas va sin plata para el municipio de Salento en el Quindío. Que conste que le estoy advirtiendo, no vaya sin plata que se muere antojao. Aquí, una muestra de algunos carritos para empujar, mejor dicho, pa entretener al chino mientras se gasta la plata en bellas y variadas artesanías. Las mismas casas parecen hechas con delicadeza por artesanos.