Lo divino y lo marrano

Solo una medicina separa lo “divino”, de lo humano; solo un frasco, no sé de qué medicina, separa la representación de la sagrada familia, de lo que puede ser una fábula que humaniza la mundana necesidad del cuerpo. Y aclaro desde ya que, con “mundana”, no califico de manera negativo la actividad genital del ser humano como se entiende en círculos religiosos esta palabra.

La imagen me la encontré tal cual, y aunque la foto es de mala calidad teniendo en cuenta la herramienta con que la tomé, sus significantes me son interesantes para dejarlos ir sin un registro. Detallan, ellas, la dualidad de los pensamientos del hombre: ¿carne o espíritu? ¿sexo – castidad? ¿lo mundano – lo divino? ¿la oración – la pasión? ¿la culpa – la confesión?

Pero se continúa pensando y encuentra que ambas imágenes podrían vivir juntas, pues, la carne a lo suyo -que no es solo sexo, sino, comida, sentidos, etc.- y el espíritu también. Así es como habitan en el hombre deseos de trascender como los que le hacen descender; los unos, para ascender a la iluminación del espíritu (música, observación, lectura…); los otros, para descender, es decir, para vivir la experiencia humana (Comer, dormir, beber, sentir, oler… y de ellos, el placer).

Escribiendo, vienen a mi mente otras imágenes que tengo registradas, no de lo divino, sino de lo humano ¡Perdón! de lo marrano.

La profunda soledad de ‘Reina’

El paro fulminante se llevó las pocas carnes que le quedaban a doña Araminta. La anciana era un arrume de huesos. Lo que nunca menguó, fue la especial ternura con que trataba a  ‘Reina’, su perra por ocho años. ‘Reina’ no pudo con la pena y se petrificó, se convirtió en masa de yeso con cristales de cuarzo, roca ignea y nada de agua. Dicen, no me consta, que de vez en cuando la ven parpadeando y salir lágrimas de cuarzo de sus ojos.

Foto: Ráquira.

Del barro crudo al barro cocido – Ráquira, Boyacá

Así el plástico vaya colonizando más territorios, más cocinas, más balcones; así algunas las doñas estén sembrando en matera plástica; así en la Caverna, de Saramago estén temerosos por el modernismo consumista tan aterrador que está aplastando a los artesanos; asi, con un panorama económico tan egoísta, aun así… el barro persistirá, el crudo y el cocido, el barro seco de la tierra y el que nos envolverá una vez hecha la transición.

Ambas existencias, artesanías y el hombre, son lo mismo: barro. El uno, supuestamente inanimado, pero con un sentido de valor puesto por el hombre. El otro, el hombre, fue, ha sido, y será lo mismo: barro. No por que lo diga aquel relato primigenio, sino porque es real: nuestro cuerpo se forma de lo que come la madre gestante, fruto de la tierra. Luego, crecemos de lo que comemos, sea sano o no somos lo que digerimos. Más tarde o temprano quizá, el cuerpo dejará de ser el saco del alma o de la consciencia y éste se fundirá con la tierra para ser pasto de nuevo.

Del barro crudo: el hombre; al barro cocido: su obra.

Artesanías de Ráquira, Boyacá.