Aquellas manos que cosen

Aquellas manos que cosen, para luego poder comer. Aquellas manos que cosen, para luego poder ver a sus hijos levantarse. Aquellas manos que cosen, para luego poder comer pan y pez. Aquellas manos, que sin machismos cosen, esas mismas manos que acarician a sus hijos de regreso a casa. Aquellas poderosas manos que convierten el hilo en sueños; la tela, en artesanía; el machismo, en risa.

Esas son manos poderosas que no les dan pena “un que dirían”. Manos poderosas, que sin manicure trabajan, sin rangos ni abolengos. Son manos poderosas, de pieles curtidas y uñas non sanctas.

Así son las manos de quienes trabajan en el barrio Sagrado Corazón de Jesús, un grupo de trabajadores que tras de una Singer, una Paff o un híbrido, trabajan bajo las nubes como único techo. Trabajan en las esquinas, en plena acera, sin más luz que la que hizo Dios el día de la creación. Trabajan haciendo carpas para camiones, reparándolas, parchándolas, cogiéndole ruedo sin mucha factura, haciendo dobladillos y facturando a camioneros.

Así son las manos de algunas madres de nosostros, de algunas abuelas, de algunas tías casadas y de otras que no conocieron hombre. Manos sencillas y creadoras, sucias pero bendecidas, deformadas pero cariñosas, enfermas pero bienechoras, callosas pero expresivas.

Cambiando de tema: estoy actualizando desde la casa de una gran amiga y me acaba de pasar, sorprendida, un recibo de cobro a nombre del señor: Walt Disney de Jesús Vásquez… / … Había escuchado mucho de gente que tiene este nombre, pero no lo había visto tan de cerca, sólo me falta conocerlo, pero para ello me tocaría ir hasta Uramita, en Antioquia.