Modos de pensar ante la cosa misma

Un estudio estratigráfico nos diría que esa casa ha tenido tres colores desde que se modernizaron poniendo timbre: 1. Pintura existente cuando el timbre se puso (timbre sin pintar), 2. Azul turquesa, 3. Amarillo ocre.

Un niño simplemente diría: “¡Ah! Qué cuca* pegar un chicle ahí y salir corriendo”

La dueña: “Hay que echarle otra manito de pintura a la casa ¿quién nos hiciera ese trabajo?”

*Cuca: bueno, agradable.

Un paseo por las tierras del café

– Berenice ¿qué le llevamos a Raquel de recuerdito del Quindío?
* ¡Ay no sé querida! llevémosle una ‘chivita’ de aquellas ¿no?
– ¿A cómo serán? ¿serán muy caras? porque tiene que ser algo baratico mija.
* Entonces llevale desos Willis que están ahí abajito.
– ¿Esos tan chiquitos? Ay no qué pena, qué dirán que uno tan amarrada.
* ¡Ah! es que son 15 personas a las que hay que llevarle recuerdo, mija.
– ¿Será que les llevo desas mulitas que llevan café en el espinazo?
* No, mija. Están como macheteritas ¿cierto? ¿o no?
– ¡Ay! pues no le llevés nada a ella. Al fin y al cabo ella ni sabe questás por aquí.
* Pues sí, tan boba ques una.

Artesanías de Montenegro, Parque del Café, Quindío.

‘Hippies’, una especie en vía de extinción

“Cuando vaya a publicar la foto, ponga: especie en vía de extinción”. Fue el permiso que me dio Huayra, como se hace llamar este hippie, amigo de la vida y de la tranquilidad. Realiza su labor de bolsos en cuero en Salento, Quindío, población que vale la pena visitar -con dinerito en el bolsillo- porque de seguro se antojarán de alguna manualidad, artesanía o manufactura.

Muchos hombres de poder trabajan duro, durísimo, muy duro, para poder tener el futuro lo que estos hippies tienen en el presente: TRANQUILIDAD, FELICIDAD. Huayra es un mantodo bien‘, amable, buena gente, de seguro tiene mucho por enseñarnos.

Como ya está la cámara otra vez bien, a viajar se dijo. ¡Pa la envidia de muchos!

A empujar Willyz en Salento

Se pagan mil pesos y se montan los niños con la espectativa de rodear el parque con su mirada y su alegría. Viajan ellos cargados de sonrisas haciendo el papel de grandes. No imaginan que en la adultez, odiarán algunos, montar en bus, pagar pasajes, esperar devueltas, escuchar insultos, esquivar muchedumbres, asirse al tubo, sudar por otros y respirar sudores, escuchar chismes, asemejar a semovientes. ¡Pare que yo me bajo aquí!

Carrito para empujar en Salento, Quindío.

Cúcara, mácara, títere fue

Nos mueven, nos manipulan, nos hacen creer bondades, nos dejan ver su rostro pocas veces, se rien para fuera. Se hacen grandes, se toman fotos en contrapicado, se maquillan -para la foto y para la vida-, nos ocultan el interés.

¿Que si soy un ser político? Claro que lo soy y por ese mismo motivo entristecen las verdaderas y personales motivaciones de algunos políticos: engordar el peculio, acrecentar la masa económica, engordar.

¿Dónde están la trasparencia, la bondad, la misericordia, la verdad, la vida, la entrega, el ser social, el verdaderos ser político?

El dinero es un abstracto que domina a muchos, que roba el tiempo de los hijos, que carcome a quien no lo sabe dominar. Busco un político que no tenga copy, que no tenga slogan, que no tenga frase de cajón para llamar la atención, busco uno que haga negocios de palabra.

De cosas tan sencillas como la gelatina de pata

En la película animada Ratatouille (2007), Rémy y Alfredo Linguini, preparan, al exigente crítico de cocina Anton Ego, un sencillo plato que al probarlo, le despierta sensaciones que lo trasladan a su pasado infantil. La preparación servida era un modesto y sencillo Ratatouille, un plato que para mi caso, podría tratarse de un postre de panela raspada y quesito, mezclados ambos a punta de tenedor y servido en un plato de peltre.

Hace poco un Alexánder Lucio, amigo mío, entró a una tienda de Montenegro en Quindío y no resistió la tentación de probar nuevamente una galleta “cuca” rosada, una variante de la famosa galleta oscura que comíamos con leche, para traer al presente sensaciones que estaban escondidas en su niñez.

No se trata de rechazar la variedad de exquisiteces culinarias, pero muchas de esas elegantes producciones responden, a veces, a esnobismos y orgullos personales. La variedad en la carta culinaria responde hoy a la exigente necesidad de muchos paladares, pero muchas de esas creaciones, llamadas incluso de “autor” despiertan asombro, vanidad, complacencia, pero no logran despertar sensaciones provocadoras de vida y de pasado.

Hoy en día el café goza de su buena fama y alrededor de él hay recetas con variedad de combinaciones; hemos estado dispuestos a pagar mayores precios por un buen expreso aunque estemos en un país cafetero, pero la baja autoestima nacional nos ha llevado a sentir pena por la aguapanela, otrora tetero de los niños y primitivo energético de los ciclistas, bebida que sólo toman algunos cuando van de viaje por carretera para sentirse un poco montañeros.

Algunas vitrinas ofrecen, elegantes, Cheesecake, Pye y Mousse de variados sabores y quien las prueba reconoce en ellas, una excelente receta, pero no encuentra el sabor que los lleva a la niñez, a los dulces que eran el cobro por un “mandado”, a los sabores que los llevan a ver nuevamente el rostro de una alcahuete abuela. Otras vitrinas por el contrario, más modestas incluso, esperan por esos paladares de exigente calificación para que prueben de nuevo un rollo con leche, una colación o una galleta cuca.

Comer, además de una necesidad, es un primigenio ritual, donde convergen la textura, el sabor, el olor y la variedad de colores servidos a la vista. Allí converge la mano del autor que es la que lleva el secreto de las mejores y artesanales comidas: el amor, esa esencia que no tiene forma ni color, pero que aseguran madres y abuelas, es el secreto del encanto que rodea al buen sabor de cada plato.

Es así como ciertos olores nos acercan al pasado a través de aromas, esencias, insumos de fresca presencia: ajos sofritos, albahacas que perfuman, cilantros que engalanan, ajís dulces que tonifican, entre muchos otros matices. Otros olores sí que nos llevan definitivamente a pasado primitivo, que nos da placer a muchos y nos hace sentir lejanos de la actual civilización llena de artilugios, el olor de la leña que perfuma algunas comidas, sancochos y arepas entre otros, un olor que se quiere recordar inconscientemente en fechas especiales a manera de ritual, en fincas de recreo, en asados colectivos, en morcillas caseras, el olor de la leña llevará por siempre el valor de un pasado campesino, indígena y arcaico, cargará sobre sí, un pasado lleno de estampas infantiles, pueblerinas y felices, de amigos y de parranda, de vecindario y de hogar.

Hace poco me detuve a ver a una señora haciendo maromas para convertir una jalea negra de pata de res, en blanca y deliciosa gelatina, traté de desenredar los nudos que hacía con sus brazos alrededor de un garabato, ese palo que usaban en el campo para colgar las carnes en la cocina, la vi con esa masa como extensión de sus brazos y la dejé en mi cámara, porque la vida está llena de recetas tan sencillas como la de una gelatina de pata.

Las chivas de Salento, Quindío

Los tiempos han cambiado. Para salir de Medellín en viaje inter municipal, había que ir a un garaje en la zona industrial de Medellín, pues, las terminales del Norte y del Sur no existían aún. Era un atracadero eso allá. Una vez te entregaban el tiquete, te decían en que bus debías montarte. Uno se asomaba y deseaba con intensidad que le tocara a uno viajar en Pullman y no en esos buses de rejilla atrás.

Luego llegó el ThermoKing y su hermoso corte aerodinámico, más tarde, el Rey Dorado y quedamos deslumbrados con el Scania de doble televisor y baño bajo nivel del piso.

Con el Pullman, había que ser pacientes con la continua paradera, pues no tenía baño, quién iba a pensar en un bus con baño. “¿Don señor, para, para orinar?”. Si el conductor estaba de buen genio, lo dejaba bajar a uno hasta la carretera, junto a los pastizales para esconder lo que siempre escondemos. Si el chofer estaba mal genio, no paraba “hágale ahí desde la puerta” y era cuando uno jugaba con malabarismos para no mojarse a sí mismo.

Pasear es muy rico en todo caso. Chivitas para empujar en Salento, Quindío.

Un elegante caminar en Salento, Quindío

Caminando va, sin temer final alguno. Feliz ha sido el hombre que en elegante atuendo marcha rumbo a la agonía de un atardecer en Salento. Ha crecido, ha caminado, ha transformado sudor en pecunio, estipendio pago a tantas mañanas de lucha.

Se vive, se camina, se tiende la cama, se calza los pies, se anda descalzo, se orina de pie, a veces sentado que hace bien a la próstata; se amarra los cordones, se lava las manos, se trabaja, a veces no; se toma café, se toma aguapanela, se come arroz, se conversa con el vecino, se respira, se mira para arriba.

Se camina, se encuentra con el que no pensaba y lo saluda, se sienta en el parque, se hace nada, nada se hace, se pone de pie, se regresa, se rie, se besa, se sienta en una mesa con años encima, se toca el mantel, se juega con la caída del mantel, se come, se deja un sobrao, se pide más sobremesa, se acuesta.

Se echa la cobija, se juega con el pie en la cobija, se intenta dormir, se recuerdan los mejores momentos: una niña que pasaba tomada de la mano de su madre que lo mira y se sonríe con él, coqueta, amor infantil, de abuelo y nieta.

Se cierran los ojos.

Salento, Quindío.

Chorizos de Santa Rosa de Cabal

Chorizos de Santa Rosa de Cabal. Los de la imagen están en Salento.

Se asan, se voltean, se les hecha ojo que no se quemen, se les sopla el carbón, se voltean nuevamente, se sirven, se llevan a la mesa, se les bautiza con limón, se les muerde y es ahí donde uno queda “pringao” agarrado a seguir comiendo más, con arepa y chocolate.

Mmmmm, chorizos de Santa Rosa. Una paradita obligada en el camino o rumbo a los termales, cualquiera de los dos planes es bueno.

Bendita panela de nuestra niñez

Bendita panela de nuestra niñez, llenaste nuestros teteros casada con leche, nos diste a beber de tus mieles, producto de la tortura de tu cuerpo de caña.

Bendita panela que llenaste buches con hambre, recibías en tu seno concavo de taza, las migas de siete galletas o dos tostadas, endulzaste nuestros paladares en tardes de algo.

Bendita panela que tanto te amamos, mientras las actuales barriadas tanto te desprecian, no saben que fría, que tibia, que caliente; entras por el guargüero como la miel que eres.

Actor chupando una gran colombina de panela, en representación artística en Salento, Quindío. ¡Tan maluco ques pasiar!

Un texto de Mikibastar, otro bloguero…

Salento, la meca de los artesanos

Pilas va sin plata para el municipio de Salento en el Quindío. Que conste que le estoy advirtiendo, no vaya sin plata que se muere antojao. Aquí, una muestra de algunos carritos para empujar, mejor dicho, pa entretener al chino mientras se gasta la plata en bellas y variadas artesanías. Las mismas casas parecen hechas con delicadeza por artesanos.