Hay piedras que trancan puertas

En entrevista telefónica con mi señora madre rescaté los siguientes datos al día dos de febrero de 2009:

  • Que la piedra con que ella tranca la puerta tiene 44 años.
  • Que la piedra con que mi abuela y mi madre machacan el patacón tiene 45 años.
  • Que la piedra de menor tamaño con que maceran aliños y ramas pa las aromáticas tiene 35 años.
  • Que los anteriores datos pueden tener un margen de error de 1 año.
  • Que la piedra “del patacón” ha servido también para partir el coco y la panela y en pocas ocasiones ha servido de martillo.

Pues sí, me imagino que ustedes nunca se han preguntado (ustedes los que tienen piedra) cuántos años tiene la piedra con que trancan la puerta. Claro que como muchos de ustedes son tan pinchaos que viven en apartamentos, no saben de los que les hablo.

La piedra de trancar la puerta y la piedra de la cocina han pasado inadvertidas por muchos de ustedes, aunque los han acompañado por años, allí, silenciosas, al servicio humilde de su casa.

Vale la pena hacerle un breve homenaje a las piedras que silenciosas, los han acompañados por decenios en puerta y cocina. Un homenaje que podría traducirse en pintarla como lo muestra la foto tomada en Barichara Santander.

Pero ahí va mi pregunta para ustedes: ¿Cuántos años tiene la piedra de su casa o de la casa de su señora madre o de la casita de su abuela?

Su amigo el Coco, ¡Caballero!

Nacen en hordas verdes, allá, arriba en lo alto de la palmera. Hasta que su anhelo de independencia les hace tomar su primera decisión de libertad. Se dejan caer entonces sin miedo desde extremas alturas sin aviso alguno, sólo el grito de algún peregrino que retoza en el palo y sobre quien caiga la dádiva de la palmera amiga.

Algunos entonces son tomados del suelo para ser casados de manera obligatoria con una morena panela y ser vendidos a alguna boca viajera. Otros en cambio nacieron para sacar barriga y barba y adquirir personalidades caribeñas, casi cubanas. Nacieron para adquirir antropomorfas características y ser vendidas como recuerdos del paseo, del equipo amado de fútbol o recuerdo de lo parecido que es al vecino quizá, al suegro depronto o al mismísimo comprador.

Tienen ante sus ojos, una familia, incompleta quizá, de cocos santandereanos, muy queridos ellos (los cocos), absortos todos, representando cada uno el papel impuesto, con su mirada seria, responsables ellos del personaje que les tocó. Esperando la compra, firmes sus barbas, mirando como quien no quiere la cosa a ver si los llevo… La verdad, ni por su precio pregunté; no quisiera yo ser responsable de diseminar la familia Arecaceae y de llevarlos a esta industrial tierra de Medellín.

Artesanías en San Gil, Santander. /

Barichara a sol abierto

Lamento la poca amabilidad de algunos habitantes de Bucaramanga en Santander en nuestro periplo por algunas tierras. Lamento la parca actitud, y la cortante respuesta; pero destaco la bella estética de Barichara en ese mismo departamento.

Un medio día silencioso, unas calles que son como plató, gran escenario para filme de época. Las miradas se encontraban ese medio día de nuestra estancia, escondidos en la sombra de sus casas y los pocos que se atrevían a caminar a esa hora, caminaban mirando al sol de soslayo, caminando bajo los alares contínuos de esa colonial arquitectura.

Un cabrito asado hasta el hartazgo, un caminar a ver si se bajaba esa libra digerida, una gaseosa Hipinto y un sol inmisericorde que vigila a todos los obreros que la piedra cortan, pulen y tallan. Barichara en Santander a sol abierto.

Los marranos buscan su hogar

En las alfarerías de cualquier ciudad, retozan chanchos de barro esperando quien se conduela a llenar sus buches con cobres y con platas, para ser asesinados de tajo con cualquier mazo inmisericorde el fin de año siguiente.

Así fue que encontré a Juanchito, según dice él que se llama. Se dejaba llevar por 5.000 pesos de Colombia y prometía a quien a casa lo llevara, que dicha inversión le daría mayor rentabilidad que los bancos.

Inquieto yo por tal promesa, me agaché pa escuchar sus susurros de mejor manera: Te prometo no descontarte tarjetas, ni cobrarte el cuatro por mil, no te descuento por pedir el saldo, llévalo tú en algún papelito. Te dejo retirar alguna moneda sin más descuento que la moneda misma, no te cobro estipendio alguno por manejar tu cuenta, haz de cuenta que ni yo existo y al finalizar el año, cuando sus rituales me maten, tendrás el mismo dinero que vos guardaste. Ni los bancos pueden prometer tal cosa. Más no te puedo dar porque pirámide no soy.

Al finalizar tal conversación con el puerco, decidí pararme atento, pero con movimiento lento decidí no llevarlo. Juanchito se llama mi primo y sería como si yo mismo lo estuviera matando. Si te llamaras Manuel o Élkin Darío como el conejo muerto de mi hermana o Gilberto Álvarez como mi hamster extinto te llevaría; pero Juanchito no.

Juanchito aún busca su hogar en San Gil, Santander.

¡Qué simples somos los hombres!

Y entonces, a la muchachita que está en embarazo le preguntan “¿y que quieren que sea?”. La pipona muchachita responde entonces que “niña, queremos que sea niña” pa jugar muñequero responden ellas y ellos le siguen a la respuesta. “¡Ay, es que a las niñas se les puede poner de todo”, “yo me sueño con una niña para ponerle cositas en el pelo, pa ponerle vestiditos varios, pa peinarla al antojo materno, pa que use bolsos bonitos, cinturones varios, pañoletas coloridas, aretes, collares, colgandejos, pendejaítas varias”.

Pocos esperan niños ya que al muchachito nada le luce (dicen por ahí), al chino se le peina de lado y ya, pare de contar, no hay nada más qué hacer. Cualquier chilango nos van poniendo, sáquele la raya al pelo, peine de lado y chupa de boda. Listo el muchachito pa salir el domingo. Y después nos acusan de que los hombres somos tan simples.

No fui yo la excepción de la simpleza al vestir. Zapatilla blanca setentuda, gafa de carey, pantalones cortos de telas elegantes con estampados y colores de la misma década, camisa forrada con cuello extenso y puños generosos, pelo de lado y cinturón de cuero grueso como las mismas pretinas que lo esperan. Y ya, pare de contar, saque al chino en domingo pa misa, o pa culto, o pa Confama Norte dependiendo de quién me sacara de casa.

¿Y como van a llamar a la muchachita? / Petronila / ¡Ay no jodás, qué pecao de la criatura esa /

Imágenes de bolsos en fique tomadas en San Gil, feria de artesanías junto al Parque del Gallineral. Santander. Colombia.

Más artesanías:

Me quedé con ganas de más juguito e mandarina

Aratoca, vía San Gil en Santander, y bajo un calor sofocante, un parador se abre como oasis en medio de ese desértico paisaje rumbo a Bucaramanga. Un desparramado jugo de mandarina ingresa al cuerpo vía guargüero y reposa en la panza cálida y sofocada de varios viajeros que en un móvil azul nos desplazábamos. De regreso no pudimos parar a repetir la líquida vianda… Mi panza quedó con ganas de más jugo de mandarina.

Como les dije, la tristeza de ayer fue bondadosa y sin que tuviera que decirle de manera perentoria que se marchara, tomó ella rumbo, cola entre las patas, hacia otro lugar de mi subconsciente a domir hasta otro momento, ojalá lejano.

He retomado La Caverna de Saramago, he retomado la sonrisa y la tranquila pasividad de mi estómago como cuando todo marcha bien. He retomado la alegría que me caracteriza y el caminar atento, el olfato festivo, la risa latente, la mirada abierta. Sé que les hablo de pensamientos personales que quizá no entiendan, pero permítanme este paréntesis que me atrevo a tomar, para expresar como a un diario, lo que pasa esta mañana por mis recovecos internos.

Mis vínculos con DMG

Esta semana comienzo una serie de fotos que corresponden a Barichara y San Gil en Santander, pero como hoy me embarga la tristeza, permitan a este amanuense de tipografías digitales, no entrar en comentarios jocosos, pues no he tenido ánimo siquiera de continuar mi lectura de José Saramago.

Y es que nosotros, los felices, también nos ponemos tristes sin que  la felicidad se extinga. Esta última, me es peremne, en cambio la tristeza me es momentánea. Permítanme guardar el humor sólo por hoy, permítanme la melancolía y la locura que es llevar la carga de mi propio corazón, vituperado y quebrantado desde niño.

Hoy, mi niño interior, salió por un instante con sus quejas, sus dolores y con su soledad que me es tan familiar. No la soledad de los que me rodean, sino, la soledad de mis palabras y mis reflexiones que tanto me atormentan cuando le hacen daño a otros. Aún así soy feliz.

En la imagen: Mis únicos vínculos con David Murcia Guzmán. Muñeco no quemado el 31 de diciembre en Barichara Santander. Foto tomada por mi complemento: Mi esposa hermosa, Diana Milena López. / Ver otros muñecos en Homo Hábitus…

Bienvenidos a 2009, bienvenidos a la construcción de los sueños, bienvenidos a la renuncia de sí mismos.