Manjar de los Sentidos. La sublime belleza de lo cotidiano / Crónica

 

Una pirámide sin terminar de manzanas rojas se presenta como cuadro impresionista al ir a mercar. Un derrumbe de papa capira se me antoja a 1.000 el kilo; un manojo de amarillos reposa en mi mano, pero hoy no llevo papa criolla. ¿Va a llevar cilantro? No más 300 por favor. ¿Y cebolla? ¡Está fresquita¡ No, más bien écheme ahí dos maduritos. ¿Y la zanahoria a cómo la tiene? ¡Que no esté tan paluda pues!

 

Son las cosas pequeñas, los momentos menospreciados, los olores desapercibidos, las caricias no sentidas. Es la sublime belleza de lo cotidiano, eternos milagros que se nos presentan cada día en medio de afanes insalubres. Es resucitar los sentidos del sueño permanente que produce el acostumbrarse a esperar lo extraordinario, a veces, se ve más en el reposo, se escucha más en el silencio, se siente más cuando escampa. ¡Qué más milagro que una sonrisa!

 

No hace falta jugar con cuña y combinado para ser felices o comprar un “quintico” para asegurarnos hasta la partida; hace falta más bien, no tomar un tinto con café de grano sin antes olerlo o jugar con él y nuestra lengua, oler una ensalada con albahaca, rescatar una tostada remojada en el café, probar el naufragio de queso en chocolate de carretera o casero que es mejor. Dejar unos instantes el pan remojado en vinagre balsámico en nuestra boca en algún restaurante italiano, jugar, probar, tentar primero, comer entero.

 

Caminar con pasiva reflexión percibiéndolo todo, pisar el pasto a pie limpio, recorrer texturas urbanas, observar muros parlantes con arengas de un primero de mayo. Visitar alguna plaza de mercado para ver en directo, obras del puntillismo o impresionismo del siglo 20. Mirar tres veces los colores de las frutas, y cómo los venteros en el centro las organizan, cómo las exhiben, cómo el mercadeo. Sacar el codo por la ventana, mirar para afuera y dejar que el viento nos peine a su manera. Mirar la ciudad desde el avión. Buscar rostros cuando miramos techos de madera. Ser el primero en leer la prensa bien doblada. Volver a ser humanos, a ser sencillos, a percibir.

 

Parar oreja (detenerse y percibir) y escuchar voceadores ambulantes, vendedores de “maaasamorra piláa” con colores de voz que se identifican desde la esquina, (Otro canta “mórraaa” pero ese no encima nada). Escuchar las guacamayas de la Plazuela Nutibara. El bosque de bambú de Pies Descalzos que nos arrulla a los que dormimos de vez en vez cuando el viento juega entre las hojas. Escuchar cómo los vendedores de pompas de jabón en los parques no dicen nada, nunca vocean, nunca gritan, porque las mismas burbujas se venden solas.

 

Oler lo que se nos presenta de manera gratuita: Un cuerpo recién bañado, una sábana recién cambiada, el delicioso aroma a carro o tenis nuevo (¿Cómo preservarlo?) Atreverse a entrar en alguna librería con el único fin de robarse seis minutos de fragancia de libro intacto, tomarlo, tocarle las hojas vírgenes y pasarlo abierto por la nariz para aspirar aromas de goma y papel. Visitar carpinterías o tienda de muebles y percibir las maderas todas ¿qué tal el comino crespo? ¿qué tal los pinos subiendo por Las Palmas? ¿qué tal el olor a campo, a finca campesina, a boñigas bienhechoras de la tierra?

 

Es vivir la vida sencilla, sentir la cotidianidad de manera extraordinaria, bebernos esta existencia hasta el fondo para poder partir felices y llenos en cualquier momento. Es encontrarnos 5.000 pesos en el bolsillo del pantalón que no usábamos hace 15 días o es la alegría de mi Diana cuando es ella la que los encuentra.

 

Es vivir la vida como la deben de estar viviendo los secuestrados que huyeron o han liberado, que extrañaban las cosas más sencillas de la vida: un dentífrico, una toalla, una cobija, dos cucharadas de azúcar y una sonrisa familiar, un colchón amigo, amanecer viendo su esposa, los traguitos de mamá, caminar sin cuerdas atadas, los balbuceos de su prole, acostarse en el sofá, vivir, caminar y amar.

 

¿Para dónde vamos hoy entonces? La billetera no importa, ¡Sólo importan los sentidos!

 

En la imagen, Venta de mangos en Támesis, Suroeste de Antioquia.