El hombre y la silla (Parte II)

Una vez el hombre caminó erguido y quizo pensar, sacar conclusión, busco asiento para sus pensamientos y arrimó piedra, butaco, silla primigenia, reposo: entonces se sentó y descansó al séptimo día. Viendo que pensar demoraba tanto y que era tanto su placer, puso cojín al banco, al asiento improvisado, le puso remaches y lo perfeccionó, lo dejó acolchonado.

Acabado el filo de la sierra, se ideó inyectores que fabricaran un asiento democrático, universal, apilable, lavable, barato y bonito. Fue así como la silla de polímero inyectado se rayó en papel, se hizo y se usó, entró a las casas de gusto fino y a la del lujo ausente, entró a fiestas de quinces y fue vestida en matrimonios de alcurnia, democrática, sencilla, popular, industrial. Una silla de masas.

Vea la primera parte del hombre y la silla…

Lea el texto: De la comodidad y otros demonios… Rimax y su ciclo de vida.

El hombre y la silla

Fotos: Alex Duran M. / Texto: Carlos Múnera

Posó sus nalgas en asiento duro y descubrió que podía sentarse. A partir de allí busco piedra, asiento, butaco, silla natural, ladrillo, banco, burro o mecedora. Aburrido, a veces, de las cuatro patas de la silla, recostó la misma en pared de bahareque solo usando las patas traseras y así se dedicó a evaluar las tardes de clima cálido.

Remendó, cuando se hizo necesario, la mecedora con tiras de cabuya o fique, luego diseñó, proyectó y fundió termoplásticos, industrializó y democratizó el diseño. Otros, mientras tanto, hicieron menos sillas, elitizaron, marginaron a las muchedumbres del diseño que eleva el nivel de vida. Los usuarios no tuvieron moneda de cambio para acceder a sofás de autor, líneas de exclusividad, orgullos pendejos.

Hoy aún el hombre se detiene en su caminar y se recuesta en alguna piedra, se sienta, posa sus nalgas, cojín natural. Se sienta, respira y mira hacia atrás.

Un sofá que guarde secretos…

Un sofá para dejar que los ojos sigan las líneas de letras concatenadas que nos llevan a la Portugal de El año de la muerte de Ricardo Reis, de Saramago.

Un sofá para la placentera y maleducada costumbre de acostarse en él y subir las piernas en el brazo como si tuviéramos que aliviar las várcices mientras vemos un programa de televisión cualquiera.

Un sofá para el derrochante contubernio, placebo prohibido de alguna soledad.

Un sofá para la visita que espera unas ‘onces parviadas’, allí, sentados sobre el mismo sudor de los amantes del anterior punto. Haciendo visita para ver qué pueden criticar después en la próxima casa donde esperarán resolver el asunto de la comida. ¡Conchudas!

Un sofá que guarde secretos, aretes de orejas ajenas, ripios de mil comidas, polvo y polvos, modedas de veinte, medallas de San Benito, pelos de varios calibres, cosiámpiros. Miles de cosas.

Un sofá. Naturaleza muerta mientras no viva cristiano que se siente en ella. Cristiano y cualquier otro.

Resignificaciones en Copacabana

Algunos le llaman ordinario, otros le llaman Kitsch, son simplemente resignificaciones del objeto en uso. Configuraciones del consumo. Por otro lado: creatividad, innovación, talento, recursividad.

Otro objeto configurado en: Aquí come la vaca que se bañaba sola en la tina.

¿Querés conocer el cementerio de Copacabana? / ¿Y algún esténcil? en Homo Habitus?

No hace falta decir que vaya a Jardín

Si es que eso es paseo obligao entre los paisas. No hace falta decirle a nadie que visite el municipio de Jardín, no hace falta hacer encuentas para saber que es uno de los bellos municipios de Antioquia.

Estas son las humildes sillas que abundan en los pueblos, en tabernas y bares… pero estas sillas son elevadas al honor de recibir sobre su piel, bellos paisajes pintados a mano.