Un sofá que guarde secretos…

Un sofá para dejar que los ojos sigan las líneas de letras concatenadas que nos llevan a la Portugal de El año de la muerte de Ricardo Reis, de Saramago.

Un sofá para la placentera y maleducada costumbre de acostarse en él y subir las piernas en el brazo como si tuviéramos que aliviar las várcices mientras vemos un programa de televisión cualquiera.

Un sofá para el derrochante contubernio, placebo prohibido de alguna soledad.

Un sofá para la visita que espera unas ‘onces parviadas’, allí, sentados sobre el mismo sudor de los amantes del anterior punto. Haciendo visita para ver qué pueden criticar después en la próxima casa donde esperarán resolver el asunto de la comida. ¡Conchudas!

Un sofá que guarde secretos, aretes de orejas ajenas, ripios de mil comidas, polvo y polvos, modedas de veinte, medallas de San Benito, pelos de varios calibres, cosiámpiros. Miles de cosas.

Un sofá. Naturaleza muerta mientras no viva cristiano que se siente en ella. Cristiano y cualquier otro.

Oración y paciencia. Tome asiento.

Hay oraciones cuya respuesta demora en llegar y cuando llega, no trae la noticia que esperábamos. Así, pues, el sí que esperábamos como respuesta no llega y por el contrario un NO desalienta el ejercico espiritual. Asi dispone las cosas la Providencia, pues no vemos el panorama completo. Inescrutables son esas esferas de la vida.

Por aquello de las demoras en la comunicación entre criaturas y Providencia, se dispuso, vía a San Pedro de los Milagros, un sofá en medio de la carretera y bajo una cruz sembrada en piedra, para que los fieles a la trinidad hagan sus oraciones y si desean esperar respuesta alguna, tomen asiento de manera cómoda y esperen… esperen… esperen…