Una bella sonrisa en las montañas de Guatocó

A primera vista parece una bella mujer, y la verdad es que así es. Es una hermosa joven colombiana. ¿Qué tiene de espacial, entonces, esta imagen?

Lo especial, más no raro, es que para encontrarme con esa imagen viajé hasta el municipio de Sopetrán, occidente antioqueño, viajar una hora adicional hasta la vereda Guatocó y atravesar 770 metros, en Cable aéreo, el cañón de la quebrada La Mirandita.

El hallazgo reafima que la belleza de la mujer colombiana se nos puede atravesar en cualquier lugar de la geografía nacional. Amalia, como se llama la chica de la imagen, no estudia ni trabaja actualmente, pasa sus días entre los quehaceres que demanda la lenta vida rural.

El nombre de Dios

En el mundo de las artesanías hay un término que define la primera venta del día o de la feria y que abre con buen augurio el resto de la jornada.

En algunas ocasiones he participado como artesano vendedor de mis creaciones en ferias de artesanías. He de decir que es un mundo particular, con lenguaje común y mañas que pasan de artesano en artesano. Todos llevan sus sillas, coca del almuerzo, metros de costal de fibra sintética para cerrar el “chuzo” en la noche, extensión de energía con bombillo incluido para las tardes y noches, etc.

 

De todo ello, lo único que yo llevaba a mis ferias era la mercancía y la coca del almuerzo, del resto yo no tenía ni idea que había que llevar. El caso es que en unas me fue bien y en otras me pasó como el café con leche cuando queda muy oscuro, que la vaca pasó volando.

 

El caso es que cuando se abre la primera venta del día, los artesanos hacen el ritual de persignarse, billete en mano, y clamar audiblemente ¡Bueno, ya me hice el nombre de Dios! ¿Será que lo diezman? No creo.

 

En la imagen: Parque de Sopetrán en Antioquia. Domingo de mercado en el parque del municipio.

Amigas en arrastraderas y a pie limpio

¿Y usted questá ciendo a pie limpio en la calle? Meacel favor y pa entro, y póngase hacer tareas más bien. ¡Ehhh! Vena este pues, dizque andando descalzo como si no tuviera zapatos, o siesque no tiene, diga ver pa irle comprando unos.

 

Y ahí se le acababa la sonrisa a uno. Terminaba el ratico libre para los pies y terminaba esa alegre algarabía de las tardes en épocas de colegio. Las calles quedaban vacías porque las madres de los que jugábamos se unían cual cofradía a entrarnos a todos.

 

Mamá buscando cualquier oficio qué ponerme, miraba entonces mis cajones y repetía como siempre: “Vea qué desorden, hasta culebras debe haber ahí”. Y muy sí señor, me tocaba sacar todas las camisas y doblarlas de nuevo con el ritual que me enseñaron. Si eso no satisfacía a mamá, entonces seguía con la trapiada, tres pasadas para ser exacto.

 

Pero usar zapatos también era un problema a veces cuando jugaba… esa se las cuento después.

En la imagen: Combo de amiguitas en Sopetrán, Antioquia.