Jericó, paroxismo cromático

Conversando con un amigo diseñador e ilustrador de la UPB, Nelson Andrés, me decía que la carta de colores y de combinaciones de las fachadas de casas de nuestro territorio colombiano son atrevidas, hermosa-mente atrevidas. Las de Jericó, para referirme a las imágenes de este post, son lúdicas, llenas de color, vitalidad; son alegres, “lanzadas”, coquetas con el transeúnte que se deja atrapar a su paso paralelo.

Hay un aprovechamiento formal a través del color, en los materiales que hacen parte de las fachadas de estas casas. Es la idiosincracia, nuestra cosmogonía, la percepción colectiva en este pedacito del trópico, es el paroxismo cromático. ¿Exagerado?











Jardín y el alma de su gente

Para qué color sin el hombre, para qué geometrías y bancas de parque, para qué tintos y confites, para qué helados y parques grandes, para qué fuentes y palomas cerca, sin la mirada del hombre que valide tal existencia.

Para qué balcones sin quien otee, para qué puertas y ventanas, para qué jardines, para qué flores si no hay quien las riegue y las admire, les hable cada día y saque cogoyos para multiplicar la belleza.

Para qué cafetos, para qué plataneras si no hay nadie en la cocina que nos haga sentir en el hogar, para qué cocina de leña si no hay nadie que la corte, para qué dulces si no hay quien se haga melcocha con ellos.

Es necesario, entonces, que exista el hombre para que admire lo creado o lo que existe. Es necesario quien eleve una mirada al cielo azul pero tenga la capacidad de ver más allá, en el universo oscuro y reflexione “qué es el hombre para que tengas de él memoria”, como decía el cantor cuidador de ovejas.

Algunos rostros, gestos y piel de Jardín, Antioquia.

El lento placer de una barbería

No por su calidad fotográfica, mala o buena, sí por su contenido e información, quiero decir que estas fotos me encantan. Me encanta el lugar, la paz, la parsimonia del barbero, el rostro de regañado del cliente, el espejo, el interruptor, la brocha, los bifocales del barbero y su bigote maduro y timorato.

Me encanta que me motilen, que me hagan el champú, que me jonjoleen la cabeza, que me peinen, que me rasquen, que me hagan masaje en el cuero cabelludo, ver revistas de farándula (el único momento donde hojeo alguna), me encanta que se demoren en el menester d ela motilada, me gusta sentir la cabeza fresca al salir del salón.

Fotos tomadas en TÁMESIS, Suroeste de Antioquia.

La pertinencia en las dádivas

La idea era hacerle visita a la viejita tía de Alfredo, mi suegro, para ver cómo se encontraba, pues vivía casi hermitaña en las encumbradas lomas de la vereda Yarumal del municipio de Amagá, suroriente antioqueño. Comiendo aire, cocinando en leña.

La idea era llevarle un mercado a la vieja. Un mercado con arroz, fríjol, pasta y parva, consistente en pan, pandequeso, almojábanas. También se le “requintó” la bolsa con jabón, crema dental y otros útiles de aseo.

¿Jabón? ¿crema dental? Ana del Carmen hizo esa pregunta con un desprecio de quien es ignorante. Ana, nunca en su vida, había usado eso que llaman crema dental, eso que otros llaman Colgate, que otros llaman Kolinos, eso que de niño llamaba Pruf. Y tampoco sus sobacos, sus pliegues, sus callos y menos su cabello, habían recibido el bálsamo sanador del jabón; no por ello Ana era cochina. Ana lo hacía a la antigua usanza.

Ana del Carmen, no miraba con desprecio el mercado por orgullos impuestos o heredados, es más, ella no miraba la bolsa con desprecio, más bien, la miraba con curiosidad, como tratando de entender, qué cosas habitaban allí dentro.

¿Pasta? ¿Espagueti? ¿Y eso, cómo se hace? ¡yo no sé hacer eso? ¿eso pa qué? ¿Pa qué esa parva, pa qué tanta? ¡eso aquí se daña? ¿Y estos tarros qué son? ¿y yo, cómo abro esas latas?

Hace poco murió la vieja Ana del Carmen, murió sola, hermitaña. Jamás conoció la pasta dental y el jabón. Jamás conoció hombre alguno ni probó de él sus mieles. Murió hace poco, señorita, sola, mañosa, sin prole, con todos sus hermanos muertos.

¡Quedó mocha!

Una historia real, contada por Gloria Correa, gerente de una de las sedes del Banco BBVA en Medellín.

Una niña de tres años de edad, prima de una amiga de la familia, veía cada día, cómo cortaban la leña para el fogón de su casa.

Cierto día, jugando con su hermanito de dos años, la niña le indicó que pusiera la pierna encima del troco donde se cortaba la leña, para imitar lo que hacían sus padres a modo de juego. Solo que esta vez, en vez de un pedazo de madera, lo que cortó fue la pierna de su hermanito.

Como la historia me la contaron a medias, les quedo por confirmar si el hermanito de la niña, perdió la pierna del todo.

Carnicería itinerante en el municipio de Támesis. Parque principal.

A Marco Tulio le gusta el calambombo

Con reposada paciencia, este perro montañero, al cual llamaré Marco, mordisquea lo que será su mediamañana en pleno parque principal del municipio de Támesis.

Marco es hijo de Benjamín, un pastor alemán que tuvo a bien, entrar en coitos con la perra de doña Teresita, después de ser traído por sus dueños a reconocer los pastos de una nueva finca.
Este perro tamesino tiene hogar, pero sabe que los domingos llega la avanzada de campesinos con el fruto de sus huertas cosechadas. Domingo en que se instalan cortinas decarne colgadas del mástil de carnicerías itinerantes.

Cabe decir que este perro es diferente de sus semejantes, pues, a Marco Tulio –digámoslo completo- no le gusta la osamenta carnuda que les tiran generalmente a los criollos como él, sino, que gusta del calambombo. Comenta él -en lenguaje que sólo entienden ellos-, que eso le entretiene, que estimula sus caninos y que procura por el cartílago que trae el osobuco.

Cosas de perros. Creía entender a los criollos de barrio y de pueblo, pero se ve que de mañas están ellos hechos y no a la imagen que pretenden sus dueños.

Montañeros con orgullo

Por qué a algunos les ofende el término “montañero”. Sé que esta palabra ha sido usada en tono peyorativo, pero para mí significa: montaña, aire puro, guarniel, frisoles, cabuya, aguapanela, traguitos, tinto, arepa y sombrero. Montañero huela a campo, a estiércol de vaca, a cochera e marrano, a tierra negra, a yuca recién arrancada. Montañero sabe a negocios, a malicia, a picardía, a sonrisa y saludo de buenos días. Montañero se parece a arranque, a caminada sin cansancio.

Yo soy montañero nacido en el valle, nieto de campesina que recogió café. Soy montañero del vivo y del bobo también, del vivo que no engaña sino que vive; y del bobo que no chorrea baba, sino, que no se deja amedrentar.

pala de cuerno que sirve como cuchara para sacar grano de los graneros.

Las tres cajas que ven a continuación, corresponden a las antiguas medidas de peso para comprar grano en tiendas y graneros: Cuartillo, Pucha y Media Pucha. Y el papel periódico para hacer un cono y envolver la compra.

Jericó, Antioquia. Subregión Suroeste.

Mi primer oficio: embolador – lustrador

He de contar que mi primer oficio, a los cinco años de existencia en esta vida, fue el de embolador. Corrijo: el primero no, sino, el segundo. Mi primer oficio en la vida y en la cuadra allá en Manrique, era el de recolector de BOÑIGA* seca para mi abuela echarle a las matas. Ya supondrán… a veces era objeto de burlas -hoy me río yo-.

Mi primer oficio, pues, fue el de embolador. Como nunca fui amante a los dulces, mamá llegó una noche -agotada como siempre- con una caja para lustrar zapatos. Me la compró, por supuesto, equipada con una lata de betún Cherry, un cepillo para untar y otro para dar brillo. Esa semana me gané mis primeros pesos, casi centavos. Mi madre era feliz descargándome zapatos por montones y bolsos también. Para lo que no estaba capacitado aún, era para untarle Griffin a las zapatillas blancas -muy usadas en los setentas-, esa era una labor mayor para mí.

Aún guardo la cajita de embolar original, pero allí no cabe nada. Me compré una más grande que comencé a adornar, estilo calle. Después les contaré mi siguiente anhelo: ser VERDULERO y el porqué y el cuento de la BOÑIGA. Los dejo con este bello personaje de Jericó, Antioquia. ¡Este Jericó me arranca fotos y suspiros en los ojos!

boñiga – moñiga

f. Excremento del ganado vacuno o caballar.