Un bello colgandejo en Amagá

Aunque el ritual de tirar los zapatos a los cables de energía no ha dejado de celebrarse, y que cada vez hay más marcas de calzado colgando de cables de energía: desde los más humildes hasta los de abolengo de marca, desde los más desgastados hasta los que merecían media vida más en pies de algún indigente, engarzar todo tipo de objetos para acertar en los cables ha sido juego de entretenimiento, de competencias y de aciertos.

Ahora, en Amagá me encontré esta bella realización: un conjunto de tapas plásticas de gaseosa, asidas por un nylon que las atravesaba por un pequeño orificio hecho por un ingenioso ocupante del espacio lúdico que el tiempo le permitió; algunos observadores lo llamarían: desocupado.

Mi labor como observador de lo in-observado es observar y percibir lo que otros no miran o que se afanarían a calificar como necedad del ocio. El caso es que me gustó y aunque es una opinión personal, sezgada y parcial, mi invitación siempre es a encontrar tesoros de la estética, el color y el diseño en creaciones cotidianas y en rincones inesperados fuera de museos. Estas tapas, por ejemplo, rompen el arquetipo del zapato colgado para convertirse en un modelo que quiebra la continuidad de dicho ritual.

Juguetes baratos de marca sin renombre – Historia de Jacobo

En esa rebeldía que camina conmigo y que me acompaña cuando me burlo de mí mismo, me dispuse a caminar la carrera Carabobo con el ánimo de quemar minutos de medio día. En esa búsqueda de nuevas imágenes, nuevos locales, en esa búsqueda de juguetes baratos, llegué a un local que ofrece juguetes elaborados con plástico reciclado, sin mucha factura, sin marca de renombre, sin posicionamiento de mercado.

Un carrito militar encontré por mil pesos, de estructura sencilla. Lo compré para mí, pero terminé regalándoselo a Jacobo, mi hijo. Él, no sabe de marcas, no sabe de mercadeo, de manipulación de masas, del target al que pertenece. A jacobo solo le interesa, por el momento, que los objetos se caigan, suenen, tengan color y que tengan alguna textura para su lengua.

Lo anterior valida la cantidad de juguetes que recrean a Jacobo:

  • Dos tapas de olla (rojas, de aluminio, de las baratas)
  • Un exprimidor de naranja de plástico (de los manuales)
  • Un cesto de mimbre donde guardamos bolsas.

Con lo que no estamos de acuerdo, mi esposa y yo, es en que Jacobo le dé tastarazos al minicomponente y que cuando lo encienda, le suba y le baje el volumen al tema que fortuitamente suene en la radio. Tampoco en que tire las cajas de cedés al suelo y los trate como a violín prestado. Yo, por ejemplo, trataría un violín prestado, mejor que si fuera mío. Jacobo, ¡pilas mijo! Jejejejej.

Foto en Támesis.