Topacio brilla entre asfalto y cemento

Un punto fático se culebrea entre afanosos peatones y bancas llenas de pacientes observadores; es naranja y sus rayos llegan hasta mí. Un caminao plumoso y rimbombante sellado con una sonrisa, plumoso por su estola para que no me miren mal, y su sonrisa generosa pero calculadora. No es ninguna boba.

“No me gusta prostituírme” y por eso vende su perico… tampoco me malentendás, perico paisa ques cafecito con leche. Tinto y perico vende por donde su sonrisa vaya iluminando. No es ninguna boba.

Y así andaba el 31 de octubre, día de disfraces. Pero no es el único día en que la gente se disfraza. Antes de votaciones, algunos, sólo algunos se disfrazan también: de mesías, de salvador, de mártir, de amigo, de buen amigo. Poquitos otros, sólo algunos bien poquitos se disfrazan de incorruptos, de corazón inmarcecible que no toca platas ajenas y cuyos bolsillos dicen estar cerrados con dobladillo y nudo ciego. Otros se disfrazan de Romeos sólo para beber de mieles genitales, otros se disfrazan de buseros que montan por la de atrás y mueven la registradora pa que pasés de lado, y así… muchos nos disfrazamos de algo y otros de Chapulín Colorado, bobo, pero inocente.

Carabobo, entre edificios Carré y Vásquez. 31 de octubre, día de disfraces.