¡Ha muerto el hombre!

Después de tantos decenios de dominio sobre la tierra, de tantas guerras y subyugaciones; después de inventar, crear e innovar, después de tanta vida, el hombre ha muerto. Se ha extinguido.

No ha quedado memoria de la humanidad, ni de sus creaciones: todo se lo comió la manigua. El esbozo de un rostro masculino ha quedado como memoria de lo que fue. ¡Como si eso fuera todo!

El hombre yace ahora donde todo comenzó: en la tierra, la Pacha Mama. En la imagen: ambientación de un lugar reservado en la Universidad de Antioquia para exaltar a la Tierra.

Tumba de Omaira – Armero, Tolima 2010

La vida camina en el filo del delgado muro, pisando a veces, ladrillos que quedaron flojos. La muerte espera abajo, en la caída, en la sima que se ve con vértigo. La vida se mueve con nosotros, en cada bolsillo, en los huecos de las orejas, en las fosas nasales, la respiramos, la tocamos y la creemos nuestra, sin saber que, rebelde ella, podría irse de nosotros en cualquier momento.

Nos creemos dueños de ella, de la vida, sabiendo que nuestra herencia es la muerte, esa sí fija y paciente. Por ello, habrá que vivir la vida con la mayor intensidad, saltando cada acto sin apego, brincando cada instante con adrenalina, besando, comiendo y oliendo, tocando, sonriendo y diciendo te quieros a montón, sabiendo decir adiós y riendo después. Difícil para algunos.

Imégenes de la simbólica tumba de Omaira, la niña cuya muerte mediática la vimos muchos a través de nuestros televisores, en mi caso, desde un Hitachi monocromático, en una triste y aterradora mañana cuando una erupción del Nevado del Ruiz derritió el hielo y sus aguas arrasaron Armero en el Tolima.  13 de noviembre de 1985