Cuando la muerte es bendición

En Medellín y no sé en qué otra ciudad, se recita a veces un dicho que dice: no hay muerto malo, que rescata lo mejor del finado, por muy sicario que haya sido.

Para el caso de Michael Jackson, sucede que su muerte será de bendición para el rescate de su buen nombre, manchado por sus últimas y manchadas apariciones. Los especiales que resumen la vida de este músico, devolverán al mundo, la memoria exitosa de su vida y su trabajo como productor, director, coreógrafo, bailarín y músico.

Volveremos a saber de Michael, por sus cosas buenas, más que por sus malas acciones, volveremos a recordar sus canciones, a desempolvar acetatos. Para Jackson, la muerte será una bendición ante una carrera que no prometía un futuro de nuevo.

Imagen tomada en Tutucán, Rionegro.

Pericomancia, un oficio casi extinto

Pocos son los pericos que tienen como oficio la cartomancia, pero no a través del póker, sino, de cartas que rezan la fortuna y el destino de cristianos desobedientes, que contra todo mandato de la iglesia, cristianos hay, que insisten en conocer los afortunados o desabridos visajes del destino.

¿A cómo el futuro, señor?
A mil pesitos no más.
Sáqueme uno, pues.

Y al instante, este señor con más de 50 años en el oficio, toma en sus viejas manos, uno de los pericos mánticos, para que cumpla la misión para la cual fue entrenado. Cabe decir, que para darse picos con su parejita, no fue entrenado, que ello corresponde a su fiel naturaleza. –Como al mico le es, el sacar piojos y comérselos y al hombre a veces, matar-

Del pico de este emplumado agorero, tomé el papel que reza lo que sería el destino de mi vida. Antes, había preguntado al destino cuál era la fecha de mi muerte. Me guardé el papelito que quizás tuviera la fecha y hora de mi deceso y lo guardé en el bolsillo de mi camisa esperando estar preparado para saber el momento de mi muerte –Como en las cartas rozadas de la Muerte en “Intermitencias de la Muerte, de Saramago”.

Después de haber visitado, pues, el pueblito recreado de Tutucán, no fui capaz de desempacar el sobre de la muerte y saber cuándo partiría de este mundo -mi carne a verdes pastos, mi alma a un cielo nuevo- y en la valentía de vivir sin saber mi fecha de vencimiento, me acerqué al puesto de trabajo de los pericos y devolví esas terribles letras al cajón de los destinos.

¡Qué cuentos! Yo en esa fecha no me muero ¡qué va! Que se vaya otro ese día, que lo que soy yo, aquí me quedo. Rebelde y majadero.

Imagenes tomadas en Tutucán, una representación de pueblo antioqueño en Rionegro / El término: Pericomancia ha sido acuñado por mí, para este texto.

Una cortina bajo el alar de Jericó

Cometí la burrada junto con mi esposa de ir a Jericó sin reserva hotelera, pero qué iba a saber yo la demanda turística que este municipio de Antioquia tenía. Súmele además de nuestra llegada en moto, un dilatado aguacero que intentaba expulsarnos. El caso es que logramos encontrar pernoctada.

Pero ese aguacero también me permitió ver una escena repetida en cada cuadra de aquel municipio. Todas las aceras de Jericó estaban limitadas hacia la calle, por una bella cortina de gotas de agua hiladas todas por invisibles hilos de plata. Eran hilos seguidos de otros con sus gotas enhebradas, separadas cada tanto con igual distancia. Estas cortinas eran el producto de la lluvia que bajaba por el alar de las casas, que intrépidas ellas, no temían el salto para luego formar ríos callejeros.

El alar de esta foto es de una de las construcciones de Tutucán en Rionegro. Una simulación de pueblito paisa con actores permanentes.