Para caminar tranquilo…

Para caminar tranquilo se ha de tener las manos limpias, el cuerpo relajado y el ser alejado de las fútiles distracciones que alejan de la meta. Para caminar tranquilo se ha de obedecer a los códigos morales o éticos que nos acercan al SER CIVILIZADO. Para caminar tranquilo se ha de llevar la voluntad de ceder el paso, esperar el verde en el semáforo peatonal, cruzar por la esquina y continuar.

Detenerse para la dádiva de la alegría, para brindar ayuda y apoyo, para contemplar lo mínimo, para oler y recordar paralelamente. Para caminar tranquilo jamás se ha de mirar la suela del zapato: allí se depositan excrementos de lo despreciado.

Amarrarse los cordones, un acto que me hace sentir niño cada vez

Este blog trata temas alternativos, temas que advierten de nuestra mirada tan poco profunda o tan rápida, en la que se pierden valiosos datos que hablan de una vida rica en matices, una vida que se nos abre como abanico de oportunidades. Pero no hablo de oportunidades en el sentido del positivismo ni de superación personal, sino del acto sensitivo de percibir la pléroma de la naturaleza, es decir, la plenitud de la misma.

Hay un acto que me mantiene ligado a mi niñez: amarrarme los cordones de los zapatos. mi madre aún se burla de mí, porque según ella, nunca aprendí a anudarme los cordones de mi calzado. Lo que mamá no pudo advertir esos primeros años de mi vida, fue que nunca me enseñaron a anudármelos y que sugerí una técnica original, propia. Aún me amarro los cordones a mi estilo, que hablándolo bien, es casi igual pero distinto. Jejejeje ¿Claro no?

Simplemente quería advertir un hecho de la vida del que nadie se detiene a percibir, pensar, interpretar u observar. Dicho acto, el de observar más allá, ayuda a ser más original, recursivo y creativo.

Cambiando de tema, el protagonista de la imagen, cuyo nombre no revelo, se cambiaba de calzado para reconocer la construcción de la hidroeléctrica de Porce III. Lo que nunca imaginamos, era que su zapato derecho tenía hambre por encima. Tener hambre significa, en lenguaje popular, que están rotos, y por tanto, abren la boca pidiendo comida. ¡Ay Leonel, echales peguita ome!

Mi primer oficio: embolador – lustrador

He de contar que mi primer oficio, a los cinco años de existencia en esta vida, fue el de embolador. Corrijo: el primero no, sino, el segundo. Mi primer oficio en la vida y en la cuadra allá en Manrique, era el de recolector de BOÑIGA* seca para mi abuela echarle a las matas. Ya supondrán… a veces era objeto de burlas -hoy me río yo-.

Mi primer oficio, pues, fue el de embolador. Como nunca fui amante a los dulces, mamá llegó una noche -agotada como siempre- con una caja para lustrar zapatos. Me la compró, por supuesto, equipada con una lata de betún Cherry, un cepillo para untar y otro para dar brillo. Esa semana me gané mis primeros pesos, casi centavos. Mi madre era feliz descargándome zapatos por montones y bolsos también. Para lo que no estaba capacitado aún, era para untarle Griffin a las zapatillas blancas -muy usadas en los setentas-, esa era una labor mayor para mí.

Aún guardo la cajita de embolar original, pero allí no cabe nada. Me compré una más grande que comencé a adornar, estilo calle. Después les contaré mi siguiente anhelo: ser VERDULERO y el porqué y el cuento de la BOÑIGA. Los dejo con este bello personaje de Jericó, Antioquia. ¡Este Jericó me arranca fotos y suspiros en los ojos!

boñiga – moñiga

f. Excremento del ganado vacuno o caballar.